Voto 201804.06.2018
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El establishment con López Obrador
Por Andrés Wainstein
El cuartel general de magnates se vacía y los empresarios negocian. Los gobernadores del PRI esperan ansiosos. El equilibrio interno.

Quizás una de las pocas verdades irrefutables en política es que no se ganan las elecciones hasta que se terminan de contar todos los votos. Y de eso tiene mucha experiencia Andrés Manuel López Obrador. Pero como nunca antes, los factores de poder se alinearon de forma vertiginosa detrás del candidato presidencial de Morena, en un proceso sin antecedentes para un AMLO pragmático mode on.

Como botón de muestra, el entorno de Elba Esther consiguió un ticket de ingreso al barco, a cambio de colaborar con la fiscalización de las casillas, como ya hicieron el año pasado en el Edomex. Algo similar había buscado la maestra en 2006, por supuesto sin éxito. La historia dice que recién entonces negoció su apoyo con Felipe Calderón. Parte de la izquierda lamentó esa decisión.

Lo de Gordillo es todo un emblema de este giro político en el tabasqueño, que en rigor incluye muchos otros ejemplos en una larga lista de nuevos aliados: Napoleón Gómez Urrutia, Esteban Moctezuma en representación de Ricardo Salinas Pliego, el suegro de Emilio Azcárraga, empresarios regios del Grupo de los 10, e incluso banqueros como Luis Robles.

Aunque la cúpula más concentrada de los magnates de los negocios mexicanos -Claudio X. González, Germán Larrea, El Diablo Fernández y Alberto Baillères- activó una nueva campaña contra Morena, esta vez una buena parte del establishment eligió no escucharlos y, en cambio, empezaron a negociar con los operadores de AMLO. Las olas hay que surfearlas antes que rompan y te arrastren. Pura lógica.

Otro planeta se acomodó en esta llamativa constelación: LPO reveló los contactos que algunos empresarios amigos de Luis Videgaray iniciaron con asesores de López Obrador, una iniciativa del canciller que generó ruidos en Los Pinos, y tuvo ecos en diferentes facciones del PRI, que por estas horas ya se disputa el control de la transición. Algo parece evidente, Anaya es el límite que puso EPN. De nuevo: no son las encuestas, es el poder enviando mensajes.

La cúpula de magnates activó una nueva campaña contra Morena, pero esta vez una buena parte del establishment eligió no escucharlos y, en cambio, empezaron a negociar con AMLO. Las olas hay que surfearlas antes que rompan y te arrastren.

Los gobernadores del PRI no son actores de reparto en esta obra. En su mayoría de la "vieja guardia", huelen la sangre de una tecnocracia que -argumentarán- los llevó al tercer puesto, un lugar muy incómodo para la historia del tricolor. Desde esa derrota esperan recuperar el control del partido después de décadas de una rotunda supremacía itamita. Otra ráfaga de aire fresco que sopla a favor de la campaña del tabasqueño.

Este tablero que se fue consolidando en los últimos meses generó una reacción esperable entre los aliados del Peje. La victoria se huele, el pastel luce más tentador que nunca, el premio está al alcance de la mano. Y es justo ese clima de euforia el que deberá moderar AMLO en el tramo final de campaña. El riesgo es delicado: los intereses de sus colaboradores y aliados no deben herir su desempeño electoral y en caso de lograr una victoria, mucho menos sus eventuales primeros 100 días de gobierno, esa luna de miel que tanto disfrutan los flamantes presidentes.

La nueva etapa de pragmatismo de AMLO permitió un ensanchamiento de Morena, que como todo proyecto que busca el poder, acepta -o acaso necesita- de la convivencia de diferentes facciones, que no siempre compartirán ideología, objetivos ni experiencias. Sindicalistas, economistas, empresarios, caciques territoriales con historias partidarias bien diferentes, todos en un mismo vehículo.

Quizás el ejemplo reciente más claro sea la contradicción pública entre Alfonso Romo y Paco Ignacio Taibo en relación a la Reforma Energética. Administrar divergencias, gestionando victorias y concesiones para cada grupo o sector, sin dudas será el primer gran objetivo para un López Obrador que debería cambiar ahora el chip de líder de oposición al de conductor de un proyecto que ya empieza a incluir a sectores de poder, esos que hasta hace poco estaban en la vereda de enfrente. "Se acabó la mafia y empieza la magia del poder", se divierten algunos morenos.

La nueva etapa de pragmatismo de AMLO permitió un ensanchamiento de Morena, que como todo proyecto que busca el poder, acepta -o acaso necesita- de la convivencia de diferentes facciones, que no siempre compartirán ideología, objetivos ni experiencias.

La inclusión de operadores outsiders al núcleo duro, como Marcelo Ebrard que gana silenciosamente terreno como consejero de AMLO, Ricardo Monreal o el propio Alfonso Romo, se traducirá en la resistencia de algunos sectores puros del movimiento, aquellos de sangre marrón que acompañaron al líder desde el minuto cero. Comprensible.

Sin embargo, si AMLO quiere transitar el "cambio de régimen" que promete, deberá encontrar un equilibrio en el eventual Gabinete, bancadas y gobernadores, además de la institucionalización de un partido que corre el riesgo de operar de forma tribal, como trágicamente le ocurrió al PRD.

AMLO suele utilizar referencias históricas para plantear sus estrategias. Hay una experiencia muy reciente que no debería ignorar: EPN inició su gestión con dos grupos muy marcados en la disputa por el control del Gabinete. No hace falta recordar cómo terminó esa eterna guerra. Allí estará quizás el último gran desafío de cara a una elección que, aun con los planetas alineados, todavía no contó sus votos. 

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