Editorial
La lucha en la lucha y de lo que saben las mujeres zapatistas
Por Daiset Sarquis
"Vemos algo que está pasando. Y lo que vemos, hermanas y compañeras, es que nos están matando". Así fue el primer encuentro organizado por las mujeres zapatistas.

En una oscuridad que se da solo en la sierra de Chiapas, escuchamos la voz de una insurgenta: "Hemos esperado hasta ahora para que nuestro abrazo fuera más grande y alcanzara a llegar más lejos, compañera Eloísa". De pronto, en aquella oscuridad, un mar de pequeñas luces; cada una de las zapatistas sostenía una vela en la mano con solemnidad, pero no sin un gran sentido de teatralidad porque este grupo de revolucionarias entiende el poder de la asamblea. Al mirarnos, todas las que ahí estábamos, rodeadas de miles de velas encendidas, nos quedó claro el sentido tangible de la colectividad.

Así como recordamos a una militante fallecida recientemente en un accidente, recordamos a muchas que no pudieron asistir al Primer encuentro zapatista de mujeres que luchan el pasado 8 de marzo, por "haber sido muertas en su mayoría por un mal gobierno". "Ni una más, ni una menos", decíamos juntas.

Durante cuatro días habitamos un cachito de la sierra chiapaneca entre tiendas y pequeños campamentos para hablar, discutir y escuchar acerca de violaciones correctivas, autodefensa, el abuso que padecen muchas en manos de los sistemas de salud, los usos y costumbres y cómo estos solapan las violaciones sexuales de niñas, la trata de blancas, la discriminación laboral, pero sobre todo las muchas mujeres que mueren antes de su tiempo, en Colombia, Chile, Argentina, Ecuador, Brasil, Guatemala, Venezuela.

"Vemos algo que está pasando. Y lo que vemos, hermanas y compañeras, es que nos están matando." Los temas eran muchos pero parecía que en los cientos de talleres y pláticas nos unía un deseo por cuidar la vida de las mujeres del mundo.

Quienes dicen que el feminismo es una ideología caduca que debió desvanecerse por ahí de los años setenta, olvidan las cifras: ocho mujeres son asesinadas por día en nuestro país como resultado de un crimen de violencia. Noventa y nueve por ciento de estos crímenes quedan impunes.

Las teorías de género, los nuevos análisis sobre las masculinidades (los hombres también son víctimas de violencia), son pertinentes en países del llamado primer mundo y en el ámbito académico tan ensimismado. En México, estas ideas no hacen más que dispersar la atención y olvidamos que las mujeres de este país no hemos siquiera ganado la lucha por la vida. Porque aquí, como en el resto de Latinoamérica, ser mujer es todavía en muchos casos sentencia de muerte.

El llamado de las zapatistas era simplemente al encuentro; el gesto de la reunión es un gesto poderoso con efectos incalculables, capaz de visibilizar algo que no se había visto y de articular aquello que antes era imposible nombrar. En este encuentro de mujeres pudimos comprobar a cada momento los efectos de agruparnos y cómo la dimensión de cualquier discusión se altera al hacerlo en colectividad.

Es común pensar que a quienes crecimos en la urbe, tenemos privilegios cualesquiera y damos por hecho necesidades básicas, nos corresponde dar voz a aquellos que no la tienen, como es el caso de la población indígena mexicana. Por ello fue revelador escuchar de las mismas comandantas zapatistas, desde esa dignidad que las caracteriza, decir: "No les pedimos que vengan a luchar por nosotras, así como tampoco vamos a ir a luchar por ustedes. Esta es solo una invitación a que en sus mundos, no renuncien".

Así como un día se dieron cuenta como indígenas que no había "buena casa" y que no tienen derecho a educación y salud, así también como mujeres despertaron a la necesidad por la igualdad; una igualdad interna que esperan les ayude a luchar, pues como mujeres indígenas y pobres son tres veces discriminadas.

Desde un replanteamiento que cuestiona cómo se mira la pobreza, es claro que las mujeres zapatistas hacen uso de sus recursos, los muchos que tienen: su voz, su historia, su ideología, pero sobre todo un sentido de unidad inquebrantable, para conseguir lo que rara vez otras hemos conseguido.

Durante el encuentro de tres días en los montes del sureste de México, fue evidente para todas las que estábamos ahí lo mucho que ha logrado esta comunidad, siempre a partir de una dedicada organización en la que cabe poco la individualidad.

Esperaban a menos de 600 mujeres y llegamos más de 8,000. Aún así estaban preparadas para dar no solo comida, hospedaje y atención médica a todas, sino además para organizar un millar de conferencias, competencias deportivas, teatro, espectáculos de danza y conciertos: "Entre mujeres sí nos podemos organizar y aquí entendemos cómo lo hacemos", recordaba en un discurso una comandanta.

El Encuentro zapatista de mujeres que luchan tiene implicaciones que desafían sistemas de antaño y muy añejos. No perdamos de vista que el hecho de que un grupo de mujeres en este país-no importa cuáles-se haya organizado para que sus compañeros militantes permanecieran fuera-fuera del recinto, fuera de lo que se dijo, fuera de lo que se habló, fuera del centro de la discusión- para custodiar sus actividades, es un fenómeno digno de estudiarse.

Vivimos en un país que no acredita los logros de sus movimientos sociales. No nos gusta admitir que los cambios sustanciales en nuestra historia sucedieron porque un grupo de radicales los forzaron. Ignorar cómo estos generaron cambios reduce el activismo, pues olvidamos que fueron personas comunes y corrientes, ciudadanos de a pie, quienes lograron un país diferente.

Las zapatistas están lejos de ser un grupo común y corriente, sus logros se han dado en una lucha dentro de otra lucha. Olvidamos que a este frente que parece unificado lo atraviesan muchas diferencias, inclusive el idioma ya que muchas veces deben recurrir al español para comunicarse aunque no es su lengua madre.

Sin embargo, las mujeres zapatistas tienen claro algo que muchas no; en la lucha por la vida, es necesario y urgente enfocarse en aquello que las une. Terminan así el discurso de apertura de este primer encuentro: "Mi palabra va a estar revuelta porque en ella estamos todas. Hoy somos muchas pero como si fuéramos una sola. Somos mujeres y por eso nuestra palabra es colectiva. ¡Qué vivan las mujeres del mundo!".


Fotos: Hannah Cauhépé.

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