Ciudad10.10.2017
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Enseñanzas sísmicas
Por Raúl Tortolero
Tras la tragedia del pasado 19 de septiembre, el análisis de lo ocurrido de cara a aquello que es necesario cambiar.

La soberbia es una muy grave falla que socava la vida armónica de los ciudadanos. La soberbia, esa autopercepción de superioridad, sin fundamentos, que te conduce a pensar que eres más importante que los demás. Y por ello, todo lo positivo de los otros, es descalificado. La soberbia es quien te aconseja que no permitas pasar un auto en el marasmo del tráfico, que no tienes por qué respetar a los ciclistas, ni las filas, ni la propiedad ajena, ni al que piensa distinto a ti, y mucho menos a los más humildes, a los necesitados, a los vulnerables. 

Pero la soberbia es uno de los abismos éticos cuyas piernas flaquearon con el sismo. El sismo nos sentó en un lugar donde nos vivimos vulnerables. Nos enseñó que el suelo firme no es ningún suelo firme. La tierra firme no es tal. ‪Menos en la Ciudad de México. Terreno arenoso. Nuestros antepasados, hijos de la gran laguna. De la que queda sólo un charco. Hijos de una chinampa gigante, que fue ciudad. Y ahora hijos de la arena movediza que se tragó nuestra soberbia.

Durante el fragor del sismo, muchos juraron cambiar de vida. A cambio de salir vivos. Lloramos, nos arrepentimos de nuestra ceguera, sentimos la muerte cerca. Fallecieron más de 350 personas. Pero la lección es para todos. Algunos conocieron lo que realmente es trascendente para ellos. La familia es lo más importante, expresan otros. Pero esta vez, no sólo su familia. Sino toda familia. Toda persona.

Los minutos que duró el temblor del 19-S, mientras se reducían a escombros cerca de 40 edificios en la megaurbe, también registraron el derrumbe del egoísmo, del orgullo, de la presunción, de la altanería, de la ira, aunque fuera por un instante, o por unos días. Algo murió ese día dentro de nosotros. Algo se fue que nos permite ser más humildes. Y más transparentes. El terremoto como crisol.

Hay por tanto mucho que se debe reconstruir, claro. Las viviendas afectadas. La normalidad de las familias damnificadas. Pero hay mucho en nosotros que se fue entre las grietas abiertas como heridas sangrantes, y que no debe regresar. Debemos coser nuestras heridas con el mismo hilo de la solidaridad y fraternidad que rescató a la ciudad y a otras entidades.

Escuché a una psicóloga decir que muchos aprovecharon el espíritu colectivo de apoyo, posterior al sismo, para resolver muchos asuntos personales, de sus emociones. Es verdad. Al tiempo que todos cargamos escombros, que llevamos agua, que donamos en los centros de acopio, apoyando en lo posible a los damnificados, algo profundo sucedía dentro de nuestro espíritu. Algo se sanaba ahí. Porque hacer el bien beneficia al que lo recibe tanto como al que lo da. Y así como en el pecado está la penitencia, también en el dar sin esperar nada a cambio está la satisfacción plena.

Enseñanza sísmica es que la tragedia colectiva hace ver nuestros problemas personales como triviales, aún cuando ellos nos engullen cotidianamente. La tragedia de la ciudad devoró nuestras tragedias personales. La medicina se llamó solidaridad. En el ayudar al prójimo que sufre me construyo como hombre, como ciudadano, y vuelvo a recordar que todos somos una unidad, aún cuando el estrés del día a día nos hace irritables, ásperos y groseros.

Vi un documento de dos investigadores de sismología de la UNAM en donde se asegura que en algún momento un temblor -posiblemente superior a los 8 grados- habría de ocurrir, pero proveniente de Guerrero.

Si así ha de ser, no sabemos si moriremos o no, si habría tiempo de salir a un punto seguro o no, si la alarma sísmica sonará con anticipación suficiente. Lo único que podemos hacer es estar listos, pero en un sentido distinto del que se menciona habitualmente: no es sólo tener un morral preparado con dinero y agua, con documentos, no es sólo conocer las vías de salida. Si no que estar listos, esta vez, es estar bien con nuestros hermanos, estar en paz y trabajando por el bien común, estar en paz con Dios. Que nuestros pasos día a día sean los mismos antes y después de un sismo. Que no haya nada que modificar radicalmente. Si no hallamos nada que cambiar de fondo en nuestras vidas luego de un susto, de una prueba, de un crisol de esta hondura, es que realmente estamos listos, para vivir, y para morir.

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