Editorial
El Estado de Trump
Por Hernán Sarquis
Con números récord de desaprobación, una excelente economía y una crisis constitucional en el horno, así llega Trump a su primer informe.

 Hoy a las 9 de la noche Donald J. Trump, el presidente número 45 de los Estados Unidos, se presentará ante ambas cámaras del Congreso y la Suprema Corte para ofrecer su primer Estado de la Unión, el informe anual que detalla la situación del país durante el último año, y que sirve además para que el mandatario presente sus prioridades legislativas ante los congresistas.

Como todo en la presidencia Trump, el primer State of the Union del nuevo presidente será recibido por un Congreso enrarecido que atraviesa una seria crisis de identidad. Ayer, el subdirector del FBI, Andrew McCabe, anunció que adelantaría su retiro dos meses, después de haber sido atacado en repetidas ocasiones por el presidente, quien lo acusó de operar como un agente de Hillary Clinton enfocado en destruir su administración.

Por la tarde, el Departamento de Estado, todavía encabezado por un debilitado Rex Tillerson, quien no consigue rebasar el protagonismo de su jefe ni imponer una verdadera agenda en política exterior, anunció que no iba a implementar las sanciones contra Rusia y sus aliados que el Congreso ordenó el año pasado, disparando una potencial crisis constitucional al abiertamente negarse a cumplir con la letra de la ley. El argumento que utilizaron es que la mera existencia de la legislación ha funcionado como disuasorio, por lo que no es necesaria su aplicación, a pesar de que la ley específicamente ordena al Departamento del Tesoro a publicar una lista de los millonarios asociados a Putin y a aplicar sanciones contra ellos.

En el mundo el panorama no es más positivo. De acuerdo con una encuesta elaborada por Gallup, el liderazgo global de Estados Unidos se desplomó 20 puntos desde la llegada de Trump. Obama dejó dicha percepción en 48%. Con Trump cayó a 30. Las democracias industrializadas que solían usar a Estados Unidos como brújula para diseñar sus agendas exteriores --Alemania, Reino Unido, Francia-- hoy tienen que reparar los tropiezos del otrora líder del mundo occidental.

Pero el elefante en la habitación esta noche será -igual que el año pasado-la investigación del caso Rusia y las posibles acciones de obstrucción de la justicia en las que Trump incurrió a lo largo del año pasado en sus esfuerzos por detenerla. El investigador especial Robert S. Mueller aún no ha sido despedido por el presidente, aunque, de acuerdo con un reportaje del New York Times, Trump habría ordenado que lo echaran el verano pasado, cosa que no ocurrió únicamente porque el abogado de la Casa Blanca se negó a cumplir la orden y amenazó con renunciar si el presidente lo hacía por su cuenta.

Mientras tanto, un grupo de republicanos encabezados por el asambleísta Devin Nunes lanzaron una investigación contra el FBI y sus altos mandos. Sostienen que el buró actuó de forma indebida en la investigación Trump. Ayer el comité que encabeza Nunes en la Asamblea de Representantes votó a favor de desclasificar un memorando redactado por el propio legislador que supuestamente detalla todas las violaciones cometidas por el FBI, en particular el presunto uso indebido de la ley FISA, que regula la forma en que las comunicaciones de posibles agentes extranjeros deben ser monitoreadas. De acuerdo con Nunes, el FBI, encabezado en aquel momento por James B. Comey, quien fue despedido por Trump en mayo pasado, espió al equipo de campaña de Trump sin justificación apropiada.

En apenas un año el presidente ha lanzado una verdadera guerra en contra de su propio Departamento de Justicia, quizás una de las tres instituciones sobre las que se sostiene la democracia norteamericana. Una y otra vez ha acusado a Jeff Sessions, el Fiscal General que él nombró, y a Christopher Wray, el director del FBI que también él nombró, de manejarse --en el mejor de los casos-- de manera incompetente, cuando no criminal.

Más allá de la trama rusa, Trump intenta además lograr que los demócratas acepten su propuesta migratoria para proteger a los llamados dreamers, jóvenes indocumentados para quienes Barack Obama creó un programa que les permitía permanecer legalmente en Estados Unidos, trabajar y asistir a la universidad. Trump eliminó dicho programa, conocido como DACA, en septiembre pasado, y la protección para los dreamers desaparecerá formalmente en marzo, fecha en la que podrán ser deportados. A cambio de apoyar la legislación para protegerlos, el presidente exige el muro fronterizo y acabar con una serie de programas de migración legal, con la intención de satisfacer los deseos del sector nacionalista radical de su base.

Trump llega a su primer State of the Union con cifras de desaprobación récord para un presidente en su primer año de administración. De acuerdo con el portal de análisis fivethirtyeight, sólo el 38.8% de los norteamericanos aprueban el desempeño del presidente, cifra que en este momento pesa sobre la cabeza de todos los miembros de su partido, quienes temen que el próximo 8 de noviembre el pueblo norteamericano les pase la factura. Se calcula que los demócratas van a recuperar el control de la Asamblea, y si las estrellas se alinean, posiblemente del Senado, dejando a Trump como un presidente sin capacidad legislativa, aunque no es que tuviera mucha, para empezar.

La parte trágica de la historia para los republicanos es que Estados Unidos atraviesa por uno de sus mejores momentos económicos en décadas, con bajísimos números de desempleo y excelentes proyecciones de crecimiento, y aunque la mayoría de los economistas no lo atribuyen al trabajo del presidente, sin duda será el mensaje que intentará vender esta noche a una nación que --un año después de su toma de posesión-- sigue sin aceptarlo.

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