Acuerdo
Los costos de la guerra
Por Hernán Sarquis
Trump firmó la paz con México, y encara así las inminentes elecciones con el primer desarme en uno de sus frentes de batalla comercial.

Al presidente de Estados Unidos le urgía un triunfo. Hace menos de una semana dos de sus más cercanos excolaboradores fueron encontrados culpables de crímenes fiscales y electorales, uno por confesión y el otro por veredicto de un jurado. Su exabogado Michael Cohen no sólo confesó, de paso arrastró a su exjefe y aseguró que quien había dado las instrucciones había sido "el candidato a un cargo federal", mejor conocido como Donald J. Trump. Cualquier otro ciudadano de a pie ya habría sido indiciado, y aunque sus rivales políticos no han hecho mucho ruido hasta ahora, es un hecho que los escándalos y enredos legales de Trump jugarán un rol en las campañas de los demócratas. Hay sangre en el agua.

Anunciar en una inédita llamada conjunta con el presidente de México que por fin habían alcanzado un acuerdo comercial bilateral, fue sin dudarlo el mejor momento que Trump ha tenido desde que empezó el verano.

En dos meses Trump enfrentará las elecciones más importantes de las que se tengan memoria. En juego no está sólo la Asamblea de Representantes, sino la viabilidad de su Gobierno, y aunque el panorama no pinta bien para los republicanos-las señales apuntan a que perderán la mayoría que mantienen en la Cámara Baja desde hace ocho años-hay que dar la batalla, y Trump siempre ha sido el tipo de persona que pelea hasta el último round. Una Asamblea controlada por los demócratas, que tendrían bajo su mando las comisiones y todos sus poderes, se convertiría en un órgano fiscalizador e investigador en contra de la administración más polémica en 44 años.

De acuerdo con el portal de análisis fivethirtyeight.com, los demócratas tienen 73.2% de probabilidad de ganar la Asamblea.

Al mismo tiempo que la investigación del caso Rusia avanza, el presidente está aprendiendo que desatar guerras comerciales a tres bandas -Asia, Europa, y Norteamérica- te drena políticamente, y de momento su guerra con China a quien está impactando más es a los campesinos, parte del voto duro que necesita mantener para defenderse de los embates demócratas y evadir el potencial fuego amigo al interior del partido. Basta recordar que el Partido Republicano de Nixon abandonó a su presidente sólo cuando la opinión pública lo hizo, y los republicanos de Trump, salvo por algunas voces, están manteniendo la lealtad al líder del partido.

No es cosa barata la guerra. Hoy el Departamento de Agricultura anunció que el plan de rescate al campo que Trump anunció tendrá un costo de 4 mil setecientos millones de dólares. Todo para evitar la catástrofe de los aranceles chinos, que existen como contraataque a los embates de Trump contra el gigante asiático.

"No es un buen momento para negociar con China", reconoció esta mañana durante el anuncio triunfal del Acuerdo EU-México. Trump sabe que su problema asiático no se va a resolver en el futuro cercano, y que buena parte de los votantes independientes y apartidistas, los que le dieron el triunfo a él en 2016 y a Obama en 2008 y 2012, no ven con buenos ojos su estrategia comercial. Sí, es la economía, idiota, como insisten centenares de columnistas a la menor provocación, pero no es sólo la economía. Un estudio publicado por Politico reveló que para el ciudadano de a pie la percepción de qué tal va la economía está directamente ligada a la preferencia partidista.

Descubrieron, por ejemplo, que en octubre de 2016 sólo 28% de los que se identificaban como republicanos creía que la economía iba por buen camino. Siete meses después el número subió a 73%. Del lado demócrata ocurrió exactamente lo opuesto. En 2016 el 65% de los demócratas tenían fe en la economía, para mayo la cifra se desplomó a 35%. ¿Y la economía? Debate más, debate menos, ha estado creciendo y estable desde el segundo mandato de Barack Obama.

Es decir, la economía positiva podrá servirle al presidente para blindarse de su propio partido, pero difícilmente le servirá para convencer a los demócratas, a las mujeres con educación universitaria de los suburbios, a las minorías y a la población LGBTTI, quienes contribuyeron para su triunfo inesperado en 2016.

Por eso no sorprende que a Trump le urgiera cerrar el acuerdo con México. Porque millones de ciudadanos estadounidenses están preocupados con el caos. Con las investigación por corrupción, los funcionarios que renuncian en desgracia acusados de malos manejos, y las guerras comerciales que nadie comprende. Sólo así se entiende que el feroz Lighthizer, quien durante más de un año fue más intransigente que un agente de tránsito, de pronto soltara la clausula sunset y otros puntos que parecían no negociables.


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