10.10.2017
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No tengo muertos de los cuales ocuparme
Por Hernán Sarquis
El domingo 170 mil personas cantaron en el Zócalo ante la indignación de muchos chilangos. Los verdaderos afectados, sin embargo, no pudieron darse el lujo del enojo.

Hace tres semanas la Ciudad de México quedó sepultada. Si se le compara con lo ocurrido en 1985, que quienes saben dicen que fue 10 o 20 veces más fuerte, nos salió barata. El de 2017 nos deja con más de 350 muertos, más los que faltan por contabilizar y las que nunca serán contabilizadas en Bolívar esquina Chimalpopoca. A pesar de que todavía hay cuerpos sepultados y que no ha pasado ni un mes completo, el domingo Ocesa, amo y señor de los espectáculos en México, organizó un concierto en la plancha del Zócalo donde artistas como Emanuel, Timbiriche y Mijares cantaron en ¿apoyo? o algo a las víctimas del sismo del 19 de septiembre. #EstamosUni2Mexicanos.

Más allá del mal gusto de organizar una fiesta nacional -un segundo grito, como lo llamó una amiga- "en homenaje" a los cientos que hace unos días murieron sepultados en vida, irrita la falta de tacto y de empatía. Sobre todo, tomando en consideración que hace apenas unas semanas nos desvivíamos por una pizca de apoyo por parte del Gobierno capitalino y Federal, quienes se mostraron incapaces de conseguir polines de madera y palas, indispensables para rescatar a las víctimas. Ni hablar de la empatía. Una semana después del desastre las familias de los caídos en Álvaro Obregón 286 tuvieron que organizar una conferencia de prensa sólo para demandar información del Gobierno y que un funcionario -el que sea, ya no digamos el Jefe de Gobierno-se presentara a atenderlos en la zona del derrumbe.

Elsa pasó cuatro días frente a las ruinas de lo que fue un edificio que formaba parte de su cotidianidad familiar. Las primeras horas levantando escombro, después como espectadora del horror que los marinos y rescatistas desentrañaban frente a sus ojos

Eso sí, la logística de un concierto con 200 mil personas sí la pueden ejecutar. La mediatización del mismo y llevar a pasear a Frida a todos los espacios posibles, también. Con todo el respeto que le tengo a los militares que participaron en los rescates, y sin la intención de deshumanizar a nadie, es vulgar el esfuerzo que está haciendo el Gobierno por levantar la golpeada imagen de nuestras fuerzas armadas. Es un insulto a los muertos.

El sábado a las 4 am sacaron a mis tías. Eran cuatro. Ahora sólo son dos. Todas eran jubiladas. Se cambiaron relativamente hace poco porque querían vivir juntas. Tres vivían juntas en un departamento, y la que estaba casada vivía en otro con su marido. Una era sorda, por lo tanto sabíamos que su hermana no se iba a ir sin ella.

Elsa pasó cuatro días frente a las ruinas de lo que fue un edificio que formaba parte de su cotidianidad familiar. Las primeras horas levantando escombro, después como espectadora del horror que los marinos y rescatistas desentrañaban frente a sus ojos.

Vivían enfrente una de la otra. Las otras dos fueron al Centro. Y eso fue lo que evitó que fueran las cuatro. Son mis tías por el lado materno. Sí. Mi madre vive. Ese lado de la familia no estaba muy consciente de lo que estaba pasando. Le pedí a esa parte de la familia que no fueran porque la ciudad era un caos. Estábamos sólo algunos ahí. Estaban al pendiente, pero no entendían la magnitud del problema y esperaban que salieran vivas. El tercer día me dedique a decirles cruelmente que no esperaran ya que alguien saliera.

Elsa en el fondo supo desde el primer día, sólo de ver el espacio entre lo que fueron pisos y techos, que nadie saldría vivo de esas ruinas.

Si lo dejas un mes la gente ya no está interesada. Si lo dejas dos nadie va a poner la televisión. Si lo dejas tres meses nadie va a soltar un peso. En una semana pasa algo peor y ya esto se nos olvidó

Pero llegan los españoles, los especialistas, y los de Israel; tienes la remota esperanza de que por lo menos uno va a salvarse. Cuando salieron mis tías fue un alivio saber que los cuerpos se habían recuperado. Todos hacíamos conjeturas desde hacia donde habían corrido las personas. La familia Lance alcanzó a llegar al recibidor. Teníamos esperanza de que por lo menos uno saliera. Fueron 10 muertos. No hubo un solo sobreviviente.

Le pregunto a Elsa qué opinión le merece el concierto del domingo, y aunque concuerda conmigo en que "no era tiempo de hacer algo así", me explica que, como nativa de los medios, entiende la necesidad de organizar en evento de ese tipo para que el pueblo pueda salir de la tragedia. "Una catarsis mediática; artística", me dice. "Para la gente que regresa a lo cotidiano, una forma de paliar los daños que ha habido. Así funciona el espectáculo. Pasa algo terrible y se hace un concierto. Una gala".

Su pragmatismo es abrumador y tranquilizante. "Si lo dejas un mes la gente ya no está interesada. Si lo dejas dos nadie va a poner la televisión. Si lo dejas tres meses nadie va a soltar un peso. En una semana pasa algo peor y ya esto se nos olvidó", remata.

Le pregunto a Elsa si están tan indignados como yo de la fiesta, y aunque insiste en que fue de terrible gusto y que no era el momento, me dice otra cosa que me tranquiliza. Quiero pensar que el resto de los deudos sienten algo similar.

No me molestó porque no estoy pensando en eso. En mi familia nadie está al pendiente de eso. Están viendo qué hacer con los papeles. Qué fregados tiene que hacer el perito. Esas cosas. A una parte de los afectados ni siquiera les interesa lo que ocurrió con ese concierto. Ni las demostraciones en medios. Siento que es completamente ajeno a la gente que está en el problema inmediato, que es enterrar a sus muertos. Ver dónde van a vivir. Este show es para los otros, y no para esa parte de la población que salió super golpeada. [Aunque] no se siente bonito que el origen del espectáculo sea gente aplastada.

La preocupación que nos queda a Elsa, a mí y a todos en este país, como siempre es qué va a pasar con el dinero que dejó la bacanal del domingo. Para empezar, ¿de cuánto dinero estamos hablando?

La preocupación que nos queda a Elsa, a mí y a todos en este país, como siempre es qué va a pasar con el dinero que dejó la bacanal del domingo. Para empezar, ¿de cuánto dinero estamos hablando? Televisa aseguró que todo lo que se comercializara en sus espacios esa noche -horario estelar-sería donado para la "reconstrucción", ese término atrapa-todo que escucharemos de manera incesante los próximos meses. ¿Qué reconstrucción? ¿Dónde? ¿Bajo cuáles condiciones?

Es inevitable cuestionar la necesidad del show del domingo. La pobre perra que ya debe alucinar los obturadores. Los uniformados del Plan DNIII. Los voluntarios de casco y chaleco naranja. La cantante alternativa que regaña al Gobierno sin hacer mucho más que eso. La perra Frida que está a cinco minutos de ser lanzada como candidata independiente a la presidencia de la República. ¿Cuántas veces más los van a hacer desfilar ante las cámaras?

Si me dan a escoger entre 100 mil pesos para reconstruir la casa de mis tías, o que me cante una canción Neil Diamond, pues prefiero los 100 mil pesos, y mira que amo a Neil Diamond. No me parece de buen gusto, pero no me importa. Que canten. Que rían. No me importa.

Hablo con Elsa y entiendo el inmenso privilegio de sentirme indignado con el Gobierno y el show del domingo. Puedo enojarme y protestar porque no tengo muertos de los cuales ocuparme.

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