Estados Unidos27.01.2017
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México puede ser el Vietnam de Trump
Por Ignacio Fidanza
El republicano enfrenta el riesgo de hundir su mandato en el pantano de un enfrentamiento interminable.

Donald Trump acaso haya empezado a percibir en toda su complejidad la diferencia esencial que existe entre conducir una organización privada y la endemoniada mezcla de política y burocracia que implica gobernar.

Sus televisivas promesas de solucionar todos los problemas de Estados Unidos “right now, right here”, están ingresando en el mismo pantano en el que quedó atrapado su listado de medidas para “Day One”.

La sobreactuación de firma de “órdenes ejecutivas” transmitidas en vivo, acaso intentan enmascarar detrás de una supuesta hiperkinesia del poder, la frustración típica de todo novato en la administración pública: Las ordenes se pueden dar, pero su aplicación en la realidad es una historia muy distinta. Si para algo sirve la burocracia, es para amortiguar los ímpetus.

El primer round de su pelea con México, amenaza con derivar en un fiasco estilo Bahía de los Cochinos. En el arranque de las “negociaciones” se jugó las dos cartas más bravas que tenía: Ordenó el inicio de la construcción del muro y anunció un impuesto del 20 por ciento a los productos provenientes de su vecino.

Sus televisivas promesas de solucionar los problemas de Estados Unidos con México "right now, right here", están ingresando en el mismo pantano, en el que quedó atrapado su listado de medidas para "Day One". 

No pasaron 24 horas que su desorientado vocero Sean Spicer tuvo que retroceder: “Lo del impuesto del 20% es solo una primera idea de muchas que hay, el impuesto podría ser del 18% o incluso tal vez del 5%, incluso hay otras formas de recaudar que no necesariamente sea el impuesto a los productos mexicanos”.

¿Qué ocurrió? Lo previsible: México empezó a analizar seriamente medidas espejo y represalias comerciales como imponer una tasa similar a los productos provenientes de Estados Unidos, gravar con un impuesto especial corporaciones como Google y Facebook sin domicilio fiscal en su territorio y elevar reclamos en la OMC.

Para que se entienda de lo que hablamos: México es el segundo socio comercial de Estados Unidos y 28 estados de ese país venden el 70 por ciento de lo que producen a su vecino del sur. Y no son sólo los cuatro estados fronterizos. Entidades de republicanismo puro y duro como la Indiana del vicepresidente Mike Pence, tienen su economía atada a México.

Sin mencionar el impacto inflacionario de la tax border de Trump, que obligaría a los exportadores de México a hacer lo obvio: Cargar ese 20% a su precio final, de manera que el muro lo terminarían pagando los estadounidenses. Un capricho que según estimó el líder de los republicanos en la Cámara de Diputados, Paul Ryan, costará no menos de 15 mil millones de dólares.

Con un agravante, que excede los problemas ambientales y de derechos humanos que implica: Es inútil para lo que pretende contener. Esa es al menos la opinión del general de cuatro estrellas John Kelly, el elegido por Trump para conducir el departamento de Homeland Security que concentra todas las agencias de inteligencia y seguridad norteamericanas. “Una barrera física no va a hacer el trabajo” de detener el narcotráfico y la inmigración ilegal, afirmó el funcionario cuando tuvo que comparecer ante el Senado.

Vietnam al otro lado del río

El problema central de Trump es que hizo de la demonización de México un issue central de su campaña y ofreció “soluciones” inmediatas, que en el mejor de los casos le llevarán años de interminables pleitos políticos, judiciales y económicos concretar. Nada de lo que prometió es fácil o rápido de hacer.

Lo curioso es que en su primeros días como Presidente, lejos de ir enfriando lentamente esa oferta, la escaló. De manera que él mismo se introdujo en un pantano sin tener a la vista un requisito básico de cualquier ofensiva política: Una estrategia de salida digna.

Estados Unidos aprendió en Vietnam –se suponía para siempre- que subir la apuesta ante el fracaso no aplica para todo, todo el tiempo. Cargarse a México y descalabrar en el proceso todo el sistema internacional de comercio que lleva décadas de construcción global, es más fácil de decir que de hacer. Además de desproporcionado. Y todavía no entramos en la cuenta de costos beneficio de esa incursión.

Este lunes, diplomáticos de las principales naciones de Europa, mantuvieron en Washington un encuentro reservado con Robert Lighthizer el propuesto secretario para negociar tratados comerciales de Trump. Allí le pidieron que intervenga ante su presidente para detener la idea de aplicar aranceles unilaterales a México. Le explicaron que una medida de ese tipo podría disparar medidas espejo de México y empresas europeas de uno y otro lado quedarían atrapadas en una guerra comercial que obligaría a una interminable renegociación de todos los tratados comerciales.

Los embajadores europeos en Washington tuvieron un encuentro reservado con Lighthizer, en el que le pidieron que frene la intención de Trump de imponer aranceles de manera unilateral a las importaciones de México.

Es probable que sea lo que pretende Trump, cuyo equipo no ha ocultado sus deseos de salir de la OMC si es necesario. Pero se trata de consignas fáciles de pronunciar pero tan o más difíciles de concretar, como el anunciado reemplazo del Obamacare, por un sistema menos costoso y más eficiente.

México es la economía número trece del mundo y una de las más abiertas, con 44 tratados de libre comercio en funciones. Tocar México es tocar ese entramado.

Desafíos similares plantea la otra gran bandera de Trump: El muro y la deportación de inmigrantes. Alcaldes de las principales ciudades de Estados Unidos –que saben que la inmigración es un recurso vital de sus economías- ya avisaron que lanzarán una guerra de resistencia judicial, que tarde o temprano terminará en la Corte Suprema.

En la víspera de asunción en Washington crecía un interrogante: ¿Quién mandará en el gobierno de Trump? ¿El staff profesional de secretarios de Estado que construyó o los ideólogos sin experiencia política que lo rodean en la Casa Blanca, liderados por él mismo y su asesor estrella Stephen Bannon? El match con Peña Nieto, dejó en claro que estos últimos.

Pero ese gusto que se dio el presidente empieza a recortar sus costos. Acaso México le brinde al mundo el servicio de ser terreno en el que Trump, empiece a comprender que cuando uno llega al Gobierno no hace lo que quiere sino lo que puede.

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Extraordinaria columna. Un análisis profundo pero sencillo y nada simplista.