Corrupción17.02.2017
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El dilema de EPN en el caso Odebrecht
Por Mario Maldonado
Lozoya es amigo del Presidente y forma parte del grupo de Salinas. Pero Videgaray pide su cabeza.

El escándalo de corrupción de Odebrecht, la constructora brasileña que pagó sobornos en 12 países, incluido México, es una bomba de tiempo para el presidente Enrique Peña Nieto. Sin embargo, es a la vez una oportunidad para asestar un golpe que levante su imagen y credibilidad, en vista de que su gobierno no ha podido -o querido- ganar otras batallas, como la detención del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte.

Mientras en los otros 11 países involucrados en el pago de sobornos por parte de funcionarios de Odebrecht ya hay detenidos, vinculados a proceso o investigaciones sobre los presuntos responsables -la lista incluye a expresidentes, exfuncionarios y empresarios- en México las pesquisas avanzan a cuenta gotas.

Fue hasta el 29 de enero cuando la flamante titular de la Secretaría de la Función Pública (SFP), Arely Gómez, dijo que entre sus prioridades estaba el caso Odebrecht. Esa misma semana, Pemex interpuso ante la Procuraduría General de la República (PRG) una denuncia contra quien resulte responsable y pidió a su contraloría interna acelerar las investigaciones ante la presión internacional que significaba que México fuera el único país sin avances en el tema.

Otra señal de que el gobierno tiene interés de investigar el caso fue la visita del procurador general de la República, Raúl Cervantes, a Brasil para intercambiar información sobre los presuntos sobornos de 10.5 millones de dólares que las firmas Odebrecht y Braskem pagaron a funcionarios mexicanos a cambio de contratos.

Como se ha publicado, la investigación apunta al círculo íntimo del exdirector general de Pemex, Emilio Lozoya, pues durante su gestión se habrían pagado la mayoría de los sobornos.

Lozoya salió de Pemex por la puerta de atrás en febrero del año pasado, curiosamente días antes de una comparecencia en la Cámara de Diputados en la que se le cuestionaría sobre tres aviones y un helicóptero que presumiblemente compró para uso personal y de su grupo cercano, así como por las compras chatarra de los negocios de fertilizantes y agronitrogenados, sin contar su desastrosa estrategia para lidiar con la caída de los precios del petróleo.

A todas estas preguntas tuvo que enfrentarse José Antonio González Anaya, quien lo sustituyó en la dirección general de Pemex, en la comparecencia ante diputados, misma que se pospuso unos días por la abrupta salida de Lozoya, quien se fue a refugiar a su departamento de West End Avenue, en Nueva York. Su salida de la petrolera fue a todas luces una ruptura con el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, hoy canciller y líder de las negociaciones de México con el equipo de Donald Trump.

El dilema del presidente Peña es que Emilio Lozoya es su amigo y forma parte del grupo de Carlos Salinas (su padre, Emilio Lozoya Thalmann, fue secretario de Energía durante su sexenio), mientras que la consigna de Videgaray y González Anaya es llegar "hasta las últimas consecuencias" en el asunto de Odebrecht, incluso si toca a Lozoya o a su grupo más íntimo.

Uno de los exdirectivos de Pemex, conocido por sus excesos como usar relojes de miles de dólares y llegar en aviones privados y helicópteros a los eventos de la petrolera, es Froylán Gracia, ex coordinador ejecutivo de Lozoya, quien es señalado por muchas fuentes como quien recibía los sobornos por coordinar reuniones con la dirección general.

Alguien de la cúpula de esa administración en Pemex debe caer pronto, porque es una bomba de tiempo para el presidente, al mismo tiempo que una oportunidad de dar un golpe contra la corrupción. Si no lo hace, dejará pasar una de las pocas chances que tiene para levantar su muy decaída imagen. 


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No va a caer nadie, y vamos a observar si la Comisión Nacional Anticorrupción, sirve para algo o es una fuga más de recursos.