Voto 201831.05.2018
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¿Un presidente de mayoría?
Por Gilberto P. Miranda
De llegarse a dar un triunfo de AMLO por más de 50%, estaríamos ante el mayor margen de victoria en un cuarto de siglo. El antecedente de Zedillo.

 La democracia tiene como una de sus principales funciones la construcción de mayorías. Se construyen mayorías al momento de elegir representantes populares, para tomar decisiones legislativas y para dictar sentencias en el tribunal constitucional.

La recién publicada encuesta de Grupo Reforma da a Andrés Manuel López Obrador una intención de voto de 52%, lo cual significa una holgada ventaja de 26 puntos de su más cercano perseguidor, Ricardo Anaya, cuyos números han permanecido básicamente estancados desde el inicio de la campaña.

Ante esta posibilidad, merece la pena recordar un dato: desde 1994 ningún presidente ha alcanzado o superado el 50% de la intención de voto. En aquél año, Ernesto Zedillo se proclamó vencedor precisamente con esa cifra. Seis años antes, tras un proceso plagado de irregularidades, Carlos Salinas de Gortari alcanzó la presidencia también con 50% de los sufragios.

Es comúnmente aceptado que las elecciones en México empezaron a ser "reales" a raíz de la reforma política del 95-96 y el subsecuente proceso electoral del 97, donde por primera vez el PRI perdió la mayoría en la cámara de diputados, mientras que la izquierda ganaba la primera elección a la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, en la figura de Cuauhtémoc Cárdenas.

De llegarse a dar un triunfo de AMLO por más de 50%, estaríamos ante el mayor margen de victoria en un cuarto de siglo, y también podría decirse, desde que las elecciones presidenciales ─con todos sus bemoles─ son competitivas. Por si esto fuera poco, dado el tamaño actual del padrón, sería el presidente con más votos en toda la historia del país.

Lo importante de la cifra radica en uno de los pilares del sistema democrático: la legitimidad y el capital político que esta conlleva. El histórico triunfo de Vicente Fox en el alba del milenio vino acompañado de lo que en aquél momento se llamó el "bono democrático", que significó un capital político inusitado al ser el primer presidente de alternancia en siete décadas y representar la posibilidad de consolidar la transición democrática en México. Un capital que, sobra decir, fue desperdiciado.

Merece la pena puntualizar que cuando hablamos de transición democrática, hablamos el paso de un sistema autoritario a uno democrático por la vía pacífica e institucional. Ese proceso en México ha vivido algunos avances y múltiples retrocesos, pero definitivamente permanece inacabado.

Tras casi dos décadas de la alternancia, un triunfo de López Obrador con tal holgura podría abrir un escenario que permitiera retomar el proceso de transición. Esto implicaría un llamado a la reconciliación, tanto política como social, así como el desmantelamiento de instituciones y prácticas autoritarias heredadas del viejo sistema, que siguen vivas como hongos que estrangulan la raíz del árbol.

Idealmente, desde mi óptica, retomar la transición también implicaría una reforma del estado profunda, contemplando la posibilidad de un nuevo constituyente. Este último elemento no está en la agenda de AMLO, incluso ha declarado que no hace falta hacer mayores cambios constitucionales para aplicar su proyecto de gobierno.

Aunque hace algunos meses se veía lejano, hoy se asoma la posibilidad de que una eventual presidencia de López Obrador pudiese contar con mayoría en alguna de las cámaras (Reforma registra 42% de intención de voto para Morena en la Cámara Baja), fenómeno que también se ha vuelto extraño, pues los últimos presidentes han tenido que gobernar con congresos divididos.

Con un mes de campaña por correr, la tendencia se antoja irreversible, pues su comportamiento ha sido constante cuando menos desde fines del año pasado.

De confirmarse una victoria por encima del 50%, AMLO y su equipo deberán proceder a un cálculo tan fino como veloz para procurar una transición tersa entre julio y diciembre, pero sobre todo, para definir los movimientos de sus primeros dos semestres, sin duda determinantes, porque será ahí donde utilice la reserva de capital político de la histórica victoria, y al mismo tiempo, donde la ola de la expectativa romperá para enfrentarse a las dificultades de gobernar.

Las circunstancias dibujan el sendero hacia la primera presidencia de mayoría del siglo XXI. Las condiciones favorables para la gobernabilidad podrían conducir hacia la consolidación de la transición democrática, etapa histórica que trascendería al proyecto político particular y podría contribuir sustancialmente a la maduración de la endeble democracia mexicana.

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