Política28.06.2018
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Si el país se moreniza, ¿no nos gana Televisa?
Por Jesús Pérez Gaona
La veda después de la fiesta. El AMLOfest en una mirada personal. El discurso de cierre en medio del espectáculo.

El caos vial es una de las formas de la ansiedad en la Ciudad de México. Ni en motocicleta las cosas cambian. Tuve que desviar mi camino en el Ángel por los festejos de los despistados que agradecieron a Corea del Sur el pase de México a cuartos de final en el Mundial de Rusia. En el país de Putin, la anticipación de Brasil como la catástrofe podría afinar su puntería entre los aficionados con un «Fuera Osorio»; en el tránsito lento de Tlalpan, en cambio, es escuchó en mis labios un honesto «Ya no llegué».

Pero lo hice. Tuve que caminar tres kilómetros hacia el Estadio Azteca porque no hubo modo de estacionar dentro de él. Camiones y autos atiborraron el recinto. Me recibió «Sapito», aunque luego me enteré que inesperadamente Belinda no la interpretó. Su show fue el que realmente prendió a los espectadores, pero no alcanzó el nivel apoteósico ante la presencia de Andrés y Beatriz, quienes esta vez no pudieron cerrar en el Zócalo.

«Olé, olé, olé, Andrés... Andrés». Al fin y al cabo, el Azteca es un estadio que cumple las funciones para gestas deportivas de alto rendimiento, aunque también su diseño ha permitido la realización de espectáculos musicales masivos. Al pasar los filtros de seguridad no sólo volví a sentir la inmensidad de su arquitectura, sino que recordé las palabras de Marcelo Ebrard, quien tuvo entre sus objetivos consolidar a la ciudad como líder de América Latina en espectáculos. Algo que siempre me pareció estrambótico.

No se acuse a Morena de banalidad, quizá sólo de mal gusto. Lo de menos es cuestionar que la tercera casa de los Azcárraga (la segunda es la Basílica) retumbó al son de «si el país se moreniza, no nos gana Televisa».

El discurso de Andrés Manuel fue puntual y preciso, a pesar de que se extendió por poco menos de una hora. Con admiración y respeto, en un acto de reconocimiento a generaciones de luchas de izquierda, desde los jóvenes del 68 hasta Cuauhtémoc Cárdenas, el tabasqueño ofreció un panorama de lo que se atribuyó como un triunfo de su partido.

La «mayor aportación social y política de nuestro movimiento», explicó, es la denuncia permanente de una Mafia del Poder que se beneficia de la corrupción y cuya expresión más clara se manifiesta en la existencia del PRIAN. Un triunfo cultural de Morena, el cual permite que 8 de cada 10 mexicanos hoy declaren que no votarían nunca por el PRI y que ha posicionado a AMLO como puntero en las preferencias electorales desde el inicio de la precampaña.

El tabasqueño se atribuyó así la autoría de lo que Enrique Peña Nieto calificó como «mal humor social». Con salvedades, creo que es cierto. Al menos, le ganó a Los Pinos en la hegemonía del sentido común: lo bueno no contó y no contó nada. La actual administración pasará a la historia por los señalamientos de corrupción que pesan sobre sus protagonistas, aunque ya habrá tiempo para delimitar al peñanietismo en su propia dimensión, ya sea entre un «La crisis está en la mente», pasando por el ya clásico «Vengo a aprender», hasta llegar al sutil «No hay chile que les embone».

Voy a votar por Rosario Ibarra de Piedra, confesó AMLO, como un homenaje al trabajo de la incansable defensora de derechos humanos. «¿A dónde van los desaparecidos?». Que aparezcan ya. Sin querer, en ese momento caí en aquello de lo que pontifico a la menor provocación: se cumplen 50 años de la matanza de Tlatelolco y, sólo por ello, sería un increíble error votar por los mismos. La insistencia de Los Pinos de que la indignación es consecuencia de una percepción errónea de la realidad, un cuento que nos hemos creído todos para seguir la corriente, es una falta de respeto a la inteligencia de los mexicanos.

Y además, de manera irresponsable, amenazan veladamente con la idea de un fraude, teniendo como única intención desmotivar la participación ciudadana. «Que a nadie sorprenda el primero de julio, cuando ganemos esta elección», declaró José Antonio Meade, luego de repetir una ignominia lapidaria: «Haiga sido como haiga sido».

Sin embargo, aunque la selección mexicana venció a Alemania no pudo contra Suecia, y ni el control de daños infló de nuevo la ilusión de que México gane la copa del mundo, ni por equivocación. Quienes con AMLO ya sienten el triunfo en sus manos, no se permiten aún confiar en la victoria. «El burro no era arisco, lo tundieron a madrazos», me advirtió Damián a la salida del Coliseo de Santa Úrsula, donde negó ser acarreado al evento, pese a que como el resto de sus acompañantes se uniformó con gorras y playera de Encuentro Social.

Ante casi 90 mil personas, AMLO volvió a hablar de «una reserva de valores» y de la redacción de una cartilla como la de Alfonso Reyes.

Los camiones llenaron el estacionamiento, y centenares de escuadrones del partido marrón abordaron las unidades para retirarse. «El PES, el PES, vota por Andrés», gritaron atrás de mí otros asistentes. Esto sí me preocupa. La cara menos amistosa de quien podría ser el nuevo titular del Gobierno Federal. Cuando le llegó su tarjeta de cartón Pa´la Jefas a mi vecina taekwondista, no pudo evitar murmurar sobre Ricardo Anaya: «Aunque sea no es tan mocho como Obrador».

Quizá. Lo cierto es que ante casi 90 mil personas, AMLO volvió a hablar de «una reserva de valores» y de la redacción de una cartilla como la de Alfonso Reyes. ¿Quién escribirá esa Constitución Moral? Lo ignoro. Pero me gustaría que fuera Fabrizio Mejía Madrid, alguien que ya explicó el sentido de algo como esto. «Habrá quien diga que la moral le estorba a la política -aclaró el escritor- y que no existe sino como "árbol de moras". No veo una razón para ello desde la perspectiva de los ciudadanos. Y, si no existe, valdría la pena defenderla».

Por el contrario, si la redactaran aliados como Hugo Eric Flores, Andrés Manuel daría rienda suelta a ese liberal del siglo XIX que tanto le encanta personificar y que tanta ansiedad causa a activistas de los derechos LGBT, incluso a Elena Poniatowska. «No al PES» debería entenderse como un «No a LoPES», esa versión del tabasqueño que hizo a John Oliver describirlo como «una mezcla entre Bernie Sanders y Donald Trump».

Dejé el Azteca con un poco de lluvia, subí a mi moto, conecté mis audífonos a Convoy Network, vi la hora (doce menos veinte) y noté que la veda electoral estaba por iniciar. Tres días de reflexión. Nuevo presidente a la vuelta de la esquina. La vida de los próximos seis años del país. «Que nadie sepa mi sufrir», cantó la reina de la cumbia. No lo sé. Por ahora, lo demás es silencio.


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