Florencia Angilletta
"El escrache no nació con el feminismo"
La activista argentina Florencia Angilletta, analiza el impacto del MeToo en la política.

a ola de denuncias de abusos, acosos y violaciones que estalló a partir del caso de Thelma Fardin y Juan Darthés pone el foco en la revolución de las mujeres. Para Florencia Angilletta, licenciada en Letras y becaria del Conicet, la "escucha" de estos días debe ser destacada, aunque existe una zona de riesgo para los feminismos de hoy: que los debates desaten una reacción punitivista. También alerta sobre los linchamientos, aunque admite que se abra el debate sobre los escraches.

Angilletta menciona algunos abusos -como el caso de las empeladas domésticas de Nordelta, que denunciaron que no les permiten viajar en las combis de la empresa privada Mary Go- que no recibieron la misma atención que los de índole sexual y cree que se trata de temas que incomodan porque tocan el "culo sucio" de la sociedad argentina.

Hay una frase de Rita Segato que tuvo mucha repercusión en estos días: "Que la mujer del futuro no sea el hombre que estamos dejando atrás". ¿Por qué cree que tantos se sienten identificados con la idea?

La frase sirve para dar ciertas discusiones. Primero, la enunciaría en plural: hay que hablar de mujeres y de varones, para no esencializar. Evitar las miradas deterministas es parte de lo que venimos a transformar. Lo que señala Segato y tiene fuerza en muchas discusiones sociales es que de ninguna manera los feminismos como movimientos políticos se proponen invertir y mantener un statu quo sino que buscan transformar las formas de vida. No queremos que los varones ocupen los roles o construcciones históricamente asignadas a las mujeres, no buscamos una moral al revés. Como decía Audre Lorde: "No se puede destruir la casa del amo con las herramientas del amo".

Está claro que la mayoría no lucha por un "machismo invertido", ¿pero qué riesgos existen en la revolución de las mujeres?

Uno de los riesgos es que esto se traduzca en una política punitiva. El debate no debería organizarse en torno a temas que se usaron en muchos países -como biopolíticas sobre registros nacionales de violadores o terapias hormonales-, pero hay cuestiones que pese a ser muy lejanas a nuestra realidad han formado parte de las discusiones de agenda. Hay que ser cuidadosas de los efectos del punitivismo, sin caer en un garantismo torpe. No es casual que entremos en esos debates, en un año que en términos políticos se está discutiendo la "bolsonización" de la sociedad. No debemos ser funcionales a aquello que combatimos.

¿Qué opina de los escraches y los linchamientos?

Forma parte de la potencia de los feminismos que haya diferencias y se abran discusiones sobre el tema. En mi caso, alerto sobre la posibilidad de que sea el castigo al victimario lo que organice la vida social. En un Estado de Derecho lo que organiza debe ser la reparación a la víctima. También hay que pensar de dónde viene esto: el linchamiento no es una estrategia que nace con el feminismo, sino que se les hizo a los políticos, por ejemplo en 2001. Una práctica muy compleja de pensar en términos democráticos. En el caso del escrache, es una práctica que nace en H.I.J.O.S. y un contexto distinto, en torno a los delitos de lesa humanidad.

El escrache nace allí donde no hay justicia, como una reacción contra la impunidad. Ahora en muchos casos se anticipa a los fallos judiciales.

Surge ante la falta de justicia del Estado de Derecho, con un sentido específico. No se puede resumir a una frase "escrache sí, escrache no", hay que pensarla en un contexto en los que las relaciones de poder son decisivas y también las de acceso a la justicia que son distintas. Si pensamos en los delitos sexuales -acoso, abuso y violación- hay que tener en cuenta las relaciones de poder que se inscriben en cada uno. Si hay una situación de poder desigual, no es lo mismo que si ocurre entre pares o compañeros. Cuando los escraches arrancan dentro de contexto de los '90 no es lo mismo que hoy. Si H.I.J.O.S. pudo cambiar, ¿cómo no va a poder cambiar el feminismo? esa también es una discusión política que nos tenemos que dar.

Hay muchas mujeres y también varones que no se identifican con lo que está pasando y hablan de "revanchismo".

Parte de nuestra responsabilidad y de nuestros lugares de enunciación feministas es poder dar escucha y dar diálogo, discusión política, con aquellos que pueden sentirse interpelados desde otros lugares. Decir: "Raúl, andá a leer" o "Mabel, qué tonta que sos", no genera diálogos. Hay que construir un feminismo para todas y todos. Para eso hay que poder trazar puentes. 

Esa búsqueda de puentes, ¿la ve hoy en los debates que estamos atravesando?

Creo que la estamos dando, muchas de las discusiones que nos damos en los feminismos son debates que en nuestra vida democrática nos dimos en torno a los derechos humanos. Venimos de una tradición muy importante en relación a los derechos humanos, en el que un montón de mujeres en un contexto absolutamente hostil se pusieron un pañuelo en la cabeza que representaba un pañal y salieron a la calle. No todas eran formadas en las bibliotecas... hay que poder volver a dar escucha sin expulsar al ciudadano de a pie de todas estas discusiones.

Hay mujeres y varones que no le creen a Thelma Fardin su denuncia contra Juan Darthes, pero dicen que no pueden salir a contarlo en cualquier ámbito porque entramos en una etapa de "pensamiento único" en la que sus opiniones son repudiadas. Son muchos casos, ¿qué se hace con eso?

Cuando las discusiones vienen clausuradas, no podemos trazar puentes. Para dialogar y transformar, el feminismo no puede hacerlo por decreto. La lucha del feminismo no se gana por decreto, del mismo modo que la lucha por los derechos humanos no se ganó así. Los feminismos están implotando los sentidos de la política, pero no deben reproducir los lugares más estancados, por ejemplo en torno a producir grieta. Traducir toda diferencia en grieta es una tradición política de la que el feminismo tendría que poder correrse. El riesgo es cierto autoritarismo. Esto es una revolución que va a transformar las formas de vida, la pregunta sería: ¿Hasta qué punto las revoluciones necesitan procesos de institucionalización anclados en el silenciamiento de lo disidente? Cada vez que se producen momentos tan importantes como este, aparecen reacciones. Algunas detrás tienen organizaciones, por ejemplo la lucha contra la ideología de género -"con mis hijos no te metas"- distintas manifestaciones...

Salvemos las Dos Vidas, ¿entraría en esa serie?

No la ubicaría, porque no es lo mismo una posición religiosa que una posición anti-derechos. Muchas veces estas reacciones forman parte de que desde los feminismos homologamos convicciones religiosas con prácticas anti-derechos. No son lo mismo.

¿No están ligadas? porque alguien podría discutir que -amparada en un argumento religioso- su lucha principal es para impedir el derecho de las mujeres al aborto legal, seguro y gratuito.

Yo creo que es distinto, porque las prácticas anti-derechos se organizan en torno al impedimento de la democracia en su conjunto. Las prácticas que iban contra los senadores por su voto, por ejemplo, son prácticas anti-derechos. Aclaro que estoy a favor de la ley, pero a veces muy rápidamente leemos sin mediación a los evangélicos como la derecha, o a los católicos como los anti-derechos... Esas asociaciones lejos de poder darnos diálogo con la gente común nos producen más grieta.

Hoy es más potente denunciar por acoso que por corrupción. ¿Qué piensa de los casos en los que se denuncia acoso porque se sabe que saca de la cancha a una persona? Ese es por ejemplo el argumento de la defensa de Alejandro Finocchiaro, que dice que sufrió una operación política y su denunciante se retractó en sede judicial.

Tanto como puede decirse que para los feminismos no hay denuncias de primera y denuncias de segunda y que los ejes de acción siempre se organizan en la reparación de las víctimas es que, como toda performance política, las denuncias también se inscriben en disputas, en los intereses de distintos actores -políticos, mediáticos, económicos- por amplificar o minimizar más unas denuncias que otras; lo cual ya resulta casi una descripción de época. La fuerza social de este momento, sobre todo, se potencia en cuanto pueda abrir espacios, con respuesta estatal, para que las víctimas de delitos de violación, abuso y acoso puedan decir lo que quizá antes no pudo ser nombrado como tal.

Hoy decimos que "no es no". Sin embargo, hay varones que creen que la esencia del flirteo tiene que ver con situaciones -ejemplo, "encarar" una mujer en un boliche- en las que en la negativa femenina ven un "histeriqueo" que los invita a la insistencia. ¿Cómo se reconfirgura esto?

"No es no" es una narrativa que tiene una acción política directa movilizar la posibilidad -históricamente condicionada- de que las mujeres, lesbianas, travestis y trans puedan denunciar los delitos infringidos contra ese "no". Probablemente estas reconfiguraciones también incidan en todo otro conjunto de codificaciones sociales: en las formas diferenciales de la seducción (en la habilitación de que sí es sí), ya no circunscriptas a escenas "patriarcales" como el "arrebato", la "dilación" o la ansiedad por la "pureza".

¿Hasta dónde se puede "reglamentar" prácticas como la de la seducción?

No se puede. ¿Cuál es nuestro horizonte? el mío, dentro de los feminismos, es la vida democrática que se funda en un Estado de Derecho, organizado en torno a leyes. Siempre hay un flujo entre lo instituyente y lo instituido, es una tensión que organiza parte de las transformaciones democráticas. En los '60, Kate Millet dice: "Lo personal es político". Aquello que creíamos fuera del orden del Estado, nuestra vida más absolutamente íntima aparece inscripta en el orden de lo político. Es una tensión irresoluble porque, ¿hasta dónde puede legislar el Estado? Lo más útil es distinguir entre delito y daño. El delito forma parte de aquello sobre lo que el estado puede intervenir, esto implica violación, abuso y acoso. Luego el terreno del daño, sobre eso el Estado no puede intervenir en la misma medida. No se pueden judicializar los daños, forman parte de las tensiones dentro de la vida humana.

Entre esos lugares incómodos en los que no puede haber una reglamentación, aparecen protocolos. Por ejemplo, se habló de una reglamentación de Goldman Sachs, que después de varias denuncias de acoso define que los jefes no pueden estar a solas en una reunión con una empleada mujer o llevarla a almorzar o verla después de hora. La consecuencia fue que, en los hechos, definen contratar menos mujeres.

En ámbitos laborales que muchas veces eran más complejos para la relación de varones y mujeres, como pueden ser algunas empresas, hay una fuerza social para discutir ciertas prácticas que aún no dentro del marco del delito pueden ser discutibles. Pienso en un jefe que te dice "qué linda que te viniste hoy". No es un delito pero es un gesto que hoy puede tener una escucha diferente. Esa fuerza social hay que coagularla, pero nunca esa fuerza social puede volverse en contra de las mujeres y las disidencias protocolizando las formas de vida, no se puede judicializar ni protocolizar la vida. Sería absolutamente autoritario pensar que puede protocolarizarse cada uno de los conflictos humanos. Hay que poder convivir. Si varones y mujeres estamos educados en la Ley de Educación Social Integral vamos a encontrar formas diferentes de relacionarnos en los ámbitos laborales pero sin que esté todo protocolizado. De lo contrario, termina siendo el punitivismo del protocolo.

En el último tiempo hubo otras denuncias de abusos no sexuales -como por ejemplo las trabajadoras de Nordelta que denunciaron que sus patrones no las querían dejar viajar en la combi MaryGo- que no prendieron del mismo modo en el feminismo mainstream o resultaron menos taquilleros para los medios. ¿Por qué?

La vida democrática tiene una relación absolutamente vampirizada en relación a los medios, las redes sociales y demás. Y en la discusión pública hay narrativas que prenden más, como aquellas en las que rápidamente se dan procesos de espectacularización. Hay un lugar paradojal respecto de cualquier lucha política: necesitamos masificarla para que eso nos dé una fuerza social, pero la mediatización también tiene riesgos: a una mujer que está dando una lucha política como Thelma eligen representarla con la imagen de mujer llorosa. Esas narrativas muchas veces se organizan en torno al morbo y a pensar en un enemigo que está afuera. Muchas veces lo que pasa en estos casos como el de las trabajadoras particulares de Nordelta es que son difíciles de inscribir en esta lógica porque representan un problema de todos. No se trata sólo de las clases altas, sino también las capas medias. Nos sentimos muy interpelados por lo que eso dice de nosotros. Hay algo que es más complejo. Lo de las trabajadores de casas particulares y la relación con el dólar son el "culo sucio" de la sociedad argentina, donde todos hacemos algo que a veces no está muy bien. Las trabajadoras de Nordelta tanto como denunciaron las MaryGo también dijeron que son víctimas de situaciones de abuso y acoso. Eso tampoco tuvo la escucha o la réplica de los anteriores. Eso forma parte de una responsabilidad política de los feminismos y también de la vida democrática que organiza posibilidades diferenciales tanto de toma de la palabra como de escucha. Son selectivas.

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