Transición
¿Y dónde está el piloto?
Por Andrés Wainstein
Paz, educación y aeropuerto. Los límites de la deliberación permanente. La chance de repensar el sistema de toma de decisiones.

Esta semana la nave de la 4T sufrió quizás el sacudón más fuerte de esta eterna transición. La lenta asunción de López Obrador al poder mostró como nunca un conflicto de base en el relato de su proyecto: el sistema de toma de decisiones quedó muy temprano en entredicho. Con un dato extra: pareciera un flagelo auto-provocado.

Las víctimas de la violencia -quizás el problema más agónico para México- forzaron la suspensión de los foros de pacificación, después de largas semanas de criticar un espacio que revolvía una herida "sobre-diagnosticada". Familias destrozadas que esperan respuestas, no más preguntas. "Lo que necesitamos es un gobierno que se ponga a trabajar en un plan", le dijo Javier Sicilia a López Obrador en el foro de Ciudad de México.

Los docentes volvieron a trenzarse en una vergonzosa batalla campal, también en un foro de debate, en medio de acusaciones de acarreos y operaciones políticas para favorecer a un sindicato y silenciar a otro. Cuesta imaginar un avance en otro de los temas sensibles del país, si se deposita la construcción del modelo educativo en un pretendido consenso de estas cúpulas magisteriales.

El caso del Aeropuerto impacta todavía más. López Obrador insiste en realizar una consulta y acumula "datos" que la mayoría de los mexicanos no comprende o, incluso peor, no les importa. Estudios, dictámenes, opiniones de expertos que se contradicen sobre el espacio aéreo, los riesgos ambientales y los métodos de financiamiento.

Contorsiones de un aterrizaje forzoso para demorar una definición. ¿Alguno de los que votará en ese referéndum alcanzará a procesar tanta información? Mientras tanto, crece la indiferencia o al menos eso dicen las encuestas, no siempre fiables es cierto, pero son las mismas que vaticinaron la victoria del tabasqueño.

Detrás de todos estos problemas, en apariencia desconectados, hay un denominador común. Es el planteo de AMLO por una nueva democracia ultra-participativa que resuelva cada uno de los dilemas con debates que rozan el estilo de la Antigua Grecia. Lo que se discute entonces es el proceso de toma de decisiones y la capacidad de evitar el pago de los costos políticos que siempre implica gobernar.

No es un debate nuevo inventado por AMLO, por otra parte. Más bien es una discusión, un análisis o una valoración teórica que lleva siglos. ¿Cuál es mejor sistema de gobierno para atender y responder a las necesidades de una sociedad? Bibliotecas enteras analizando beneficios, perjuicios y contradicciones. Lo cierto es que la enorme mayoría de las naciones modernas y desarrolladas de Occidente se rigen por las democracias representativas. México no es la excepción.

Hablamos de dirigentes que conducen sin cumplir siempre los deseos de todo el universo del electorado, tarea imposible desde luego. En todo caso, observan problemáticas, sondean malestares y detectan grietas para resolver cada desafío con juicio, en el ejercicio de sus poderes. No siempre gustarán esas determinaciones. Los dramas del poder.

Este planteo de AMLO para una deliberación permanente tiene, además, otros daños colaterales. Porque si es el pueblo -que nunca se equivoca- quien tiene la última palabra, sin "intromisión" del líder imparcial, entonces cada integrante de la nave puede plantear rutas diferentes, aunque sean contradictorias. Para eso están los pilotos, resolución final del dilema.

Hay un caso reciente que demuestra este desgaste. Empresarios, inversores, banqueros, enormes sectores del establishment se alarmaron con el proyecto de Benjamín Robles para modificar la Ley del Banco de México, iniciativa que Mario Delgado, Carlos Urzúa, Gerardo Esquivel y el propio Jonathan Heath debieron contradecir en público y en reuniones privadas para recuperar la confianza de los mercados. Sólo un caso emblema, entre muchos otros, de una cada vez más evidente descoordinación.

Se acerca el punto cero de la 4T. AMLO tendrá recursos para incluir a los ciudadanos de forma directa como protagonistas de esta democracia. El referéndum y la revocatoria de mandato son algunas de estas armas. Pero abusar de la delegación en la toma de decisiones seguirá horadando la idea de que hay una ruta trazada, estudiada y planificada, esa tranquilidad que transmite un piloto como garante de un viaje con destino cierto. 

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