Racismo
El color del privilegio
Por Hernán Gómez Bruera
El contexto en el que vive una parte importante de las élites blancas en México las hace crecer con enormes delirios de grandeza.

 Pocas veces hablamos en México sobre racismo, y menos aún sobre el tan evidente privilegio que se deriva de la blanquitud. En el libro "El Color del privilegio: El Racismo cotidiano en México" (Planeta, 2020) examino las implicaciones de que el grueso de quienes concentran la mayor tajada del PIB en nuestro sea de piel clara, al igual que quienes han ostentado las principales posiciones de poder. De tez clara son -en su mayoría-- quienes tienen la capacidad de formar opinión porque controlan los principales medios de comunicación, conducen noticieros y escriben columnas en los periódicos. Hombres y mujeres de tez blanca son, también, los que mayoritariamente aparecen en comerciales de televisión, gran parte de los directores de películas mexicanas y hasta la mayor parte de las mujeres que suelen ganar los concursos de belleza de mayor impacto mediático.

Al elaborar esta investigación medimos uno a uno el catálogo de las 300 personas más influyentes según la revista Líderes Mexicanos. Encontramos que, en el ámbito científico, 50% de quienes aparecen en la lista son de tez blanca, en la cultura 67%, en el deporte 69%, en el mundo del espectáculo 55%, en el periodismo 75%, en las organizaciones civiles 65%, en el Poder Judicial 67%, en el Legislativo 50%, en la política en general 60%, entre los profesionales 62% y entre los líderes de opinión nada más y nada menos que 85%. De los 100 empresarios que integran la lista, 72 de ellos son blancos.

Pero la blancura en México no solamente está ahí. También configura nuestros modelos de belleza. Al revisar el tono de piel de las diez ganadoras de los tres certámenes de belleza más importantes del país en la última década --Mexicana Universal (antes llamado Nuestra Belleza México), Miss México (creado en 2016) y Miss Earth México-- encontramos que 60% de las 25 mujeres ganadoras finalistas de estos tres certámenes tenían un tono de piel claro, mientras que 32% tenían uno moreno claro, tan solo 8% un tono de piel moreno y ni una sola un tono oscuro. Solo este año una mujer afromexicana: Blessing Chukwu logró ganar el concurso, lo cual estuvo acompañado de enormes burlas y expresiones discriminatorias en las redes sociales.

Un buen ejemplo de cómo nuestros prototipos de belleza son a tal punto un espacio de blanquitud es el mercado femenino de escorts, una forma de explotación sexual que se anuncia en internet para el goce de los hombres. Raymundo Campos encontró en un estudio que cito en este libro que el valor de este servicio aumenta entre las de tono de piel más claro. Los hombres pagan más por una mujer de tez blanca que por una de tez morena.

Quizás no exista mayor muestra de privilegio blanco en México que los comerciales de televisión. Según los cálculos que presento en este libro, 70% de quienes aparecieron durante el año 2019 tenían un tono de piel claro y tan solo 30% alguna tonalidad morena. En poco más de la mitad de los casos en que se vieron morenos en papeles protagónicos se trató de campañas de organizaciones no gubernamentales, asociaciones civiles o incluso otras orientadas a exaltar la identidad nacional, como fue el caso de "Yo quiero, yo puedo" o la campaña México Unido, de cerveza Indio.

Más allá de los comerciales, la televisión mexicana en general, es un espacio de blanquitud que, además, invisibiliza a las personas indígenas. Tres investigadores de Nuevo León monitorearon durante 10 meses los programas de televisión abierta para revisar qué tanta presencia indígena había en ellos y de qué manera se les caracterizaba cuando aparecen en la pantalla. Tras revisar 874 programas televisivos presentados a lo largo de 2009 pudieron comprobar que tan solo en 64 de ellos se veía a alguna persona indígena. En casi todos los casos los personajes que aparecían como indígenas eran secundarios (66%) o de reparto (33%). Cuando efectuaban los primeros, por lo general interpretaban a campesinos (57%) y pescadores (40%). Lo increíble es que la aplastante mayoría de personajes eran mujeres que hacían papeles de servidumbre.

Los grandes medios son en general un espacio de blanquitud: si atendemos a que las personas de tez clara tan solo conforman cerca de 12% de la población mexicana, su sobrerrepresentación es enorme. Esto se puede ver, en particular, cuando calculamos el tono de piel de los conductores y panelistas de los principales programas de noticias, análisis y debate político que aparecen en la televisión, donde la blancura abarca hasta 60%. En los niveles más altos están Imagen Televisión, con 83%, y Las Estrellas, de Televisa, con 80%. Le siguen Foro Tv -también de Televisa- con 64%; El Financiero Bloomberg, con 58%; Milenio TV, con 54%; TV Azteca, con 54%.

Cuando vemos los medios impresos encontramos también que 61% de sus columnistas son de tez blanca. El primero de los que revisamos fue El Universal , donde se trata de 81% de las plumas; luego Reforma con 73%; La Jornada con 67%; El Financiero con 66% y El Economista con 55%. Excélsior es el periódico con mayor diversidad, al registrar 49% de personas de piel clara, lo que coloca al diario en la posición de ser el único medio revisado donde la blancura no supera a más de la mitad de sus plumas.

Y ni hablar de las revistas de sociales. Hace tiempo, Mario Arriagada desarrolló un "conteo de blancura editorial" en estas publicaciones, donde se puede ver también como en una edición del suplemento Club, de Reforma, aparecían publicados en las fotografías 529 blancos y 11 morenos; en la revista Central, 168 blancos y tres morenos y así sucesivamente.

Mas allá de los números, me parece que cuestionar el privilegio blanco es importante porque el contexto en el que vive una parte importante de las élites blancas en México las hace crecer con enormes delirios de grandeza, con una percepción de ser más poderosos que los demás, más ricos, más atractivos, más sofisticados, más cool y hasta más inteligentes que las mayorías morenas.

Esa percepción muchas veces va acompañada de una sensación de merecer una serie de satisfactores por el simple hecho de ser quienes son: por su origen, por su apellido, por su cuna, por su tono de piel. Claramente, muchas de estas personas han tenido oportunidades inmerecidas que exceden con mucho sus capacidades, sus talentos, sus esfuerzos y su dedicación.

Como autor de este libro, estoy plenamente consciente de que me ubico dentro del privilegio. Al escribirlo, me resultó inquietante percatarme cuánto de lo que he podido hacer en la vida -poco o mucho- tiene que ver con una dimensión tan vacía e insignificante como es mi tono de piel y rasgos físicos.

En varios momentos, mientras escribía, reflexioné sobre las ventajas que eso ha significado a lo largo de 40 años de existencia. Indudablemente, el privilegio blanco ha estado presente en muchos momentos. Probablemente ese privilegio es el que me ha permitido opinar en la televisión nacional, conducir un programa o escribir en un diario. Podría decir incluso que he disfrutado del privilegio de no tener que hablar jamás de mi propio privilegio -porque este suele ser incuestionable--, salvo por decisión o iniciativa propia.

No comparto la idea de que hablar sobre racismo y raci-clasismo pueda ser "peligroso". Tampoco que hacerlo "polarice" a nuestra sociedad --como creen algunas almas tibias y pusilánimes-- o que pueda destapar "la caja de pandora", como en el fondo piensan quienes están cómodos con su privilegio y desean que este permanezca inefable e inalterable.

Estoy convencido que la lucha contra el racismo en México pasa, en primer lugar, por romper el silencio y discutir el tema; incluso que debemos polemizar sobre el asunto de forma tan acalorada como sea necesario. Esa lucha, desde luego, pasa también por examinar nuestro propio privilegio y analizar las distintas maneras en que cada uno de nosotros ejerce el racismo.

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