Opinión
El fantasma del trumpismo
Por José Manzano
El reto que implica para los demócratas gobernar un país tan dividido es recordar que uno de los factores clave de la llegada de Trump a la presidencia de los EU fue el descontento de los sectores obreros.

Si algo nos demuestra la derrota de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, es que ésta no significa un adiós al trumpismo. Por el contrario, esa expresión política está más vigente que nunca.

Ante lo que se preveía como una contundente victoria por parte de los demócratas, Trump se convirtió en el candidato republicano a la presidencia más votado de la historia, al superar los 71 millones de votos, lo que representa 6 millones de votos más que en la última elección.

Gracias al factor Trump, los republicanos recuperaron diez curules en la Cámara de Representantes, pasando de los 197 asientos que obtuvieron en 2018, a los 207; es muy probable, además, que retengan la mayoría del Senado.

Algunos podrían pensar que esta recuperación electoral es mérito de los republicanos. Sin embargo, lo cierto es que Donald Trump ha dejado un sello y un estilo que hoy, por lo menos, no solo lo deja como líder indiscutible, sino como la cara de su partido.

La base republicana dejó los suburbios y se ha afianzado en una mayoría de hombres blancos, de bajos estudios y ubicados en zonas rurales que hoy aprueban al presidente Trump en un 90%.

Esto explica que el presidente tenga, si no el apoyo de los liderazgos republicanos, por lo menos su silencio ante la negación de Trump de reconocer la derrota.

Saben que un partido republicano sin Donald Trump vuelve imposible aspirar a recuperar la presidencia en cuatro años. Más aún, que sin perfiles como el suyo tendrán poco futuro.

La presencia de grupos supremacistas y de ultraderecha en la base trumpista se ha fortalecido cada vez más y a partir de esta elección ha comenzado a impregnar al Congreso. Tal es el caso de la llegada de perfiles como Marjorie Taylor Greene, --a quien Trump llamó la "siguiente estrella republicana"-- a la Cámara de Representantes. Taylor Greene es simpatizante del Q Anon, un movimiento de conspiracionistas de ultraderecha que creen que Donald Trump está luchando contra un "Estado profundo" encabezado por la cúpula demócrata que busca dominar el mundo.

No es el único caso. Durante la elección de 2020 por lo menos una veintena de candidatos republicanos al Congreso admitieron abiertamente ser simpatizantes de este movimiento. En los próximos años, solo podemos esperar que este tipo de perfiles crezcan al interior del Partido Republicano porque hoy el entusiasmo por Q Anon es mayor que cualquier intento del ala moderada por regresar al partido al centro.

Es así como con la suficiente representación política y una fuerte base popular, el llamado trumpismo se afianza como la segunda fuerza política más importante de Estados Unidos y, muy probablemente, como la principal piedra en el zapato para la futura administración de Joe Biden.

El reto que implica para los demócratas gobernar un país tan dividido es recordar que uno de los factores clave de la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos fue el descontento de los sectores obreros, inconformes con un partido demócrata que se convirtió en un partido de las élites económicas. En ese vacío de representación, el discurso nacionalista del todavía presidente de los Estados Unidos se alzó como la única alternativa para un sector, junto con el de las zonas rurales, que se sintieron relegados por el enfoque cosmopolita y elitista del partido azul.

El ala progresista del partido demócrata entiende que para vencer al trumpismo, es importante impulsar políticas por y para los trabajadores estadounidenses. Lo interesante será si Joe Biden, Nancy Pelosi y el resto de quienes conforman la élite demócrata lograrán entenderlo. De lo contrario, el fantasma del regreso del trumpismo a la presidencia pervivirá.


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