Opinión
El ritual político de todas las mañanas
Por Hernán Gómez Bruera
Pese a sus desperfectos, el presidente encontró en las mañaneras una manera efectiva para que grandes medios y grupos de interés no le marquen la agenda.

 La élite comentocrática y los periodistas más consagrados del país desdeñan las mañaneras de López Obrador. Las descalifican de un plumazo. Le parecen un teatro, una simple puesta en escena, un ejercicio "falto de seriedad", como afirmaba recientemente Leo Zuckerman.

Este desdén hacia las conferencias de prensa que lleva a cabo el presidente -un ejercicio sin precedentes a nivel mundial- tiene una explicación: le han hecho perder protagonismo a muchos de los periodistas más conocidos que se sienten muy por encima del bajo clero reporteril, ese que todos los días despierta por la madrugada para cubrir la nota en Palacio Nacional.

En muchos casos, el malestar de estos "grandes periodistas" tiene un carácter muy personal. Las mañaneras les han robado rating a sus propios espacios, les ha quitado "sus exclusivas", así como el acceso privilegiado a la información y al poder al que muchos se habían acostumbrado a conseguir en comidas y cenas con políticos.

Confieso que, varias veces, me he puesto a pensar si hacer una mañanera todos los días -y de tan larga duración- es una buena idea. Especialmente porque los mensajes a comunicar no se planean con cuidado y los frentes de conflicto a que se abren permanentemente terminan por ser inmanejables.Las mañaneras son la manera que el presidente ha encontrado para que los grandes medios y los grupos de interés detrás de ellos no le ganen la partida. Son la manera que el presidente tiene para "controlar la agenda", como se ha dicho tantas veces, y desmentir las noticias falsas en un mundo en el que la velocidad de la información es cada vez mayor.

Las mañaneras son más que simples conferencias de prensa: se han terminado por convertir en un ejercicio de gobierno

Las mañaneras son la manera que el presidente ha encontrado para que los grandes medios y los grupos de interés detrás de ellos no le ganen la partida. Son la manera que el presidente tiene para "controlar la agenda", como se ha dicho tantas veces, y desmentir las noticias falsas en un mundo en el que la velocidad de la información es cada vez mayor.

Pero las mañaneras son más que simples conferencias de prensa: se han terminado por convertir en un ejercicio de gobierno, una forma a través de la cual el presidente escucha a distintos grupos de la sociedad que acuden a presentar testimonios sobre realidades específicas, desde los problemas que enfrenta el sindicato de Notimex hasta las reivindicaciones feministas de Frida Guerrera; desde la pelota mixteca en desaparición hasta la inseguridad en Culiacán.

Y, a pesar de la incesante prédica presidencial, de sus exasperantes respuestas eternas, de sus frases repetidas cientos de veces, de sus evidentes estrategias para ganar tiempo y tratar de evitar los temas de fondo, se ha otorgado a ciertos grupos un foro sin precedentes que hoy acuden, por ejemplo, a denunciar abusos o arbitrariedades. Gracias a unos 70 medios locales acreditados para participar, se han hecho presente voces que no habían tenido antes la posibilidad de ser escuchadas de manera cotidiana por un presidente.

Las mañaneras no son un "Aló presidente". Se han convertido en un diálogo -imperfecto, sin lugar a dudas, pero diálogo al fin y al cabo- con una parte de la sociedad que allí se hace presente. Se trata, a todas luces, de un ejercicio que busca más deliberación pública y que va en un sentido de mayor democracia, no de menos.

Aunque así lo parezca, las conferencias de prensa no se tratan solamente de AMLO, a pesar de tenerlo como su principal protagonista. Se trata de todo el gobierno, porque sirven para que el presidente se entere de lo que está pasando con sus programas en distintos lugares el país transmita una voluntad política hacia toda la administración y la comprometa. Funcionan también para que el propio presidente se haga más partícipe y responsable de todo cuando sucede bajo su esfera: tanto de lo que sale bien, como de lo que puede salir mal.

Dice Carlos Bravo Regidor que "las mañaneras comunican mucho, pero informan poco". No coincido. Informan bastante, pero lo hacen sin orden ni método. Por ello es posible que en ocasiones confundan, como él afirma. Sin embargo, la constancia con al que se llevan a cabo permite un extraño ejercicio en el cual la confusión generada hoy suele resolverse mañana.

Las mañaneras son el espacio donde se construye y sostiene la narrativa de este gobierno

Se equivoca también Bravo cuando afirma que el valor de las mañaneras es más "más propagandístico que periodístico". Ciertamente, hay elementos propagandísticos en ese espacio, donde el gobierno hace, de forma casi gratuita, la publicidad que antes pagaba a altísimos costos en los grandes medios. Por lo demás, su valor periodístico podría ser mayor si medios y periodistas se dispusieran a aprovechar más y mejor ese espacio. 

Bravo señala también que las mañaneras son "una manera de reinventar la relación con la prensa". Puede ser, aunque ese mecanismo -más transparente y menos turbio- es preferible que el que existía antes, donde las cosas se resolvían a billetazos. Las mañaneras son "un ritual político", dice también el analista. Coincido. Son eso y más: son el espacio, por excelencia, donde se construye y sostiene la narrativa de este gobierno. Nos gusten o no, tenemos mañanera para rato. 

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