Morena
Ebrard pateó la barda de Morena
Por Milton Merlo
La victoria de Delgado abrió las puertas de Morena para los pragmáticos. Fracasó la resistencia de Los Puros. La disputa por 2024.

El triunfo de Mario Delgado para la dirigencia nacional de Morena es el resultado de un ánimo más afincado en los acuerdos y la vocación de expandir la base del oficialismo que de poner el acento en las doctrinas y la pureza ideológica. Dicho de otro modo: los pragmáticos finalmente se abrieron paso al interior de un partido que siempre pareció propiedad de "Los Puros".  

Porfirio Muñoz Ledo y sus promotores hicieron la campaña por la dirigencia con un mensaje desfasado en el tiempo, de cuando Morena era un movimiento incipiente, sin reglas, sin organización, una fuerza ideal para ser opositora pero que carece de herramientas para conducir al país. Un extravío entendible: la celeridad entre la creación de Morena y la conquista del Estado no tiene comparación con otro proceso similar en el continente.

Mario Delgado es sólo la punta del iceberg de este triunfo. También celebra el canciller Marcelo Ebrard -blanco de los ataques de varios compañeros de la 4T por su posición natural para la sucesión- y el senador Ricardo Monreal, un aliado importante desde el Senado y con una experiencia inevitable para recorrer ileso estos caminos espinosos. 

Este grupo de políticos aliados -junto a otros que fueron arribando con el correr de los años- son quienes ayudaron a cimentar el terreno para que en 2018 Andrés Manuel López Obrador pudiera transitar con los poderes fácticos. El famoso aunque no tan valorado ensanchamiento del proyecto. Los Puros consideran, en cambio, que son "arribistas" y "ambiciosos vulgares", y que sólo aterrizaron en Morena por los cargos que ya podían olfatear.

Este grupo de políticos aliados ensanchó los márgenes del proyecto de AMLO. Los Puros consideran, en cambio, que son 'arribistas' y 'ambiciosos vulgares', que sólo aterrizaron en Morena por los cargos.

La calle nunca fue un inconveniente para el tabasqueño. El problema era su interlocución con las cúpulas. Ese sector de "moderados" que se queda con la titularidad del partido empujó la interlocución en ese mundo mínimo pero poderoso. También ejercita la capacidad de escuchar e interactuar con nuevos players. Y esa es una definición posible de la política: la capacidad de hacer nuevos aliados, no solo de registrar adversarios.

No hablamos solo del empresariado. El sector pragmático es el que tiene la capacidad de acrecentar la base de sustentación electoral de la llamada 4T.  Nexos con partidos de oposición, sindicatos y movimientos sociales muy críticos. En 2018 Morena llegó a la elección como partido favorito pero en el 2024, ya sin la figura de López Obrador, la transversalidad pudiera ser algo imprescindible.

Dentro de los derrotados hay actores centrales del oficialismo. Bertha Luján, Martí Batres, Irma Eréndira Sandoval o el propio Alfonso Ramírez Cuellar. Eligieron a Porfirio Muñoz Ledo porque era el único de ese grupo que podía figurar en una encuesta. Su vocación anti-régimen que lo llevó a fundar la "Corriente Democrática" lo avalaba pero su retórica terminó descarrilando cualquier ambición. El encargado de los programas sociales, Gabriel García, se dio cuenta de esto y hace largas semanas saltó a la esquina de Delgado y Ebrard. En silencio supo leer el horizonte.

En enero de este año Delgado se veía en dos destinos posibles para 2021. O asumir la conducción de Pemex (su gran ambición en la 4T) o terminar de candidato de Morena en Colima (el deseo de López Obrador, que nunca lo sedujo). En ese escenario la dirigencia de Morena es un salvoconducto eficaz, un escape hacia adelante y que lo mantiene como un jugador clave.

AMLO parece disfrutar este ejercicio de administrar su movimiento observando los pleitos ajenos. Acaso este proceso fue su oportunidad de detectar aspiraciones anticipadas y captar motivaciones no del todo evidentes.

Formado en el ITAM, sus compañeros de partido lo han atacado en diversas ocasiones y lo catalogan -al igual que Martí Batres- de "neoliberal". Pero Delgado, que ha soportado insultos peores en San Lázaro, resiste en silencio y no confronta. Ese rasgo también explica su elección como candidato.

La efervescencia que desató la interna no tiene que ver tanto con 2021, sino más bien con el 2024. El resultado le da un envión a jugadores como Ebrard y Monreal. Les achica las distancias frente a la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum, para muchos la gran favorita de AMLO para la sucesión. La dirigencia permite construir alianzas y recorrer el país aunque todas las decisiones terminen siempre en la misma terminal de poder: la oficinas del líder en Palacio Nacional.

A López Obrador le entretiene la confrontación, incluso parece disfrutar ese ejercicio de administrar su movimiento observando los pleitos ajenos. Acaso este proceso fue su oportunidad de detectar aspiraciones anticipadas y captar motivaciones no del todo evidentes. Muchos aspirantes le ofrecieron su renuncia anticipada en la pelea por Morena, pero a todos les dijo que siguieran hasta el final. Como suele hacer.

Al igual que Cristina de Kirchner, Lula Da Silva o, más en la actualidad, Donald Trump, el presidente se asume como infalible al momento de interpretar los deseos de su audiencia. Del éxito de esa conexión íntima y visible dependerá su centralidad tras las elecciones del próximo verano. Y esa condición, o un declive de la misma, sellará el destino del grupo político que hoy viernes se queda con la conducción de Morena.

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