Voto 2018
¿Habrá transición de Estado?
Por Gilberto P. Miranda
La democracia mexicana tendrá un enorme reto en la actitud que muestren tanto EPN como Ricardo Anaya y José Antonio Meade la noche del 1 de julio.

 ¿En qué momento acaba la contienda y comienza la República? A unos cuantos días que termine un proceso electoral al que le han sobrado ataques y le ha faltado sustancia, merece la pena plantearse la pregunta.

Una contienda electoral es parte esencial de una República democrática. Contar con representantes elegidos por la voluntad popular es una condición para su existencia.

Sin embargo, como recién lo explico el profesor Mauricio Merino en la sesión plenaria de Consejo Nuevo León, la democracia tiene dos dimensiones: la primera es contar con representantes elegidos libremente. La segunda, que el poder sea ejercido democráticamente. Dos elementos indivisibles: uno de elección, otro de acción.

Bajo esta lógica, nuestra pregunta de apertura parece contradictoria. En el papel, lo es. En la realidad, no tanto.

Para ilustrar el punto, hace algunas semanas Porfirio Muñoz Ledo compartió en su columna de El Universal un pasaje de la democracia francesa: "después de años de un gobierno de derecha y de una izquierda falsaria, Miterrand ganó las elecciones en 1981 en alianza con el partido comunista. A pesar del gran viraje ideológico que ello representaba, el presidente Giscard d'Estaing promovió una transición de Estado. Miterrand cuenta que días antes de su toma de posesión, recibió a un militar de alta graduación encargado de explicarle los secretos mejor guardados del ejército y el uso de los dispositivos nucleares. El mensaje fue: la soberanía popular decide, pero Francia prevalece".

En la historia contemporánea de México hay un episodio particular que responde al espíritu de la prevalencia de la República: la noche del 2 de julio del año 2000. El reloj marcaba las 23:02 cuando el presidente Ernesto Zedillo se enlazó en cadena nacional para reconocer el triunfo de Vicente Fox. El imposible se materializaba: por primera vez en siete décadas, el PRI había perdido la presidencia de México.

Zedillo no solamente cortó de tajo con la posibilidad de una "caída del sistema" similar a la de 1988, sino que hizo votos por el éxito de la administración que Fox habría de encabezar a partir de diciembre de aquél año: "Durante el tiempo que resta de mi mandato, seguiré cuidando celosamente la buena marcha del país; he externado al licenciado Fox mi confianza en que su mandato habrá de iniciarse con un México unido, en orden, trabajando y con una base muy sólida para emprender las tareas del desarrollo nacional de los próximos seis años".

Afirmó también: "Hoy, hemos podido comprobar que la nuestra es ya una democracia madura, con instituciones sólidas y confiables, y especialmente con una ciudadanía de gran conciencia y responsabilidad cívica". Los adjetivos, aunque frágiles, parecían ir en la dirección correcta: por primera vez se daba la alternancia en la historia moderna, se había conseguido de forma pacífica y con una autoridad electoral de esencia ciudadana a cargo del proceso.

Bien podría argumentarse que la intentona de fraude hubiese podido resultar en un estallido social y eso habría orillado a la decisión. Conjeturas aparte, el hecho es que se el triunfo de Fox se reconoció. Por cierto, la diferencia fue de 6 puntos entre el panista y Francisco Labastida, abanderado del PRI.

Aquella democracia madura y de instituciones sólidas que Zedillo anunciaba durante su mensaje a la nación, habría de sufrir un colapso apenas una elección después durante la siguiente elección presidencial. En aquél enlodado proceso ni siquiera hubo los elementos para definir un ganador, como lo ha documentado José Antonio Crespo en el libro "2006: Hablan las actas".

Hoy que la tendencia coloca a López Obrador con una ventaja inusitada en las elecciones post-alternancia y que podría incluso ser el primero de esta etapa en alcanzar un gobierno de mayoría, el intento de democracia mexicana tendrá un enorme reto en la actitud que muestren tanto la presidencia de Peña Nieto como las campañas y partidos de Ricardo Anaya y José Antonio Meade.

Aunque las condiciones de fragilidad y disfuncionalidad institucional requieren transformaciones de largo aliento, una actitud de Estado durante la noche del 1 de julio, así como en los meses de transición, abonaría a la idea de que México prevalezca más allá de fuerzas y coyunturas. gilberto@altiusconsultores.com

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