Conferencias
Cómo evitar que las mañaneras naufraguen
Por Hernán Gómez Bruera
¿Se puede exigir a los reporteros que se preparen para hacer preguntas más inteligentes, si al final la posibilidad de preguntar es tan limitada y discrecional? Mis sugerencias.

Hace algunos días decidí asistir por primera vez a una mañanera. Aunque siempre he sido un defensor de que exista un espacio como ese, debo reconocer que me dejó un irremediable sabor a desilusión. Aunque muchas veces he criticado la pobreza de las preguntas que hacen buena parte de los reporteros (incluso escribí un recuento de las peores), hoy no puedo sino reconocer que acudir todos los días a estas congregaciones implica un esfuerzo más grande del que imaginaba.

Desde el lado de los periodistas la cosa se vive un poco así: Despiértate a las cuatro de la mañana, llega antes de las seis, haz la fila afuera de Palacio Nacional, luego la antesala de 45 minutos en uno de los patios adentro (¡pero qué necesidad!) y precipítate a estar entre los primeros que logren entrar para hacerse de un asiento en primera fila. Con alguna suerte, lograrás ser agraciado por el dedo presidencial.

Cuando López Obrador busca dar la palabra recorre con su mirada el salón, de derecha a izquierda, y elige a quién asignarla a partir de misteriosos criterios. El reportero afortunado puede entonces monopolizar el micrófono un buen rato. Si lo desea hace una, dos, tres o hasta cinco preguntas sobre distintos temas, y el presidente -evidentemente-, toma todo el tiempo que quiera para contestarlas. Después de todo, es el presidente...

Pero hay un momento especialmente humillante para quien está entre los reporteros tratando de preguntar. Es cuando todavía no queda claro si AMLO ya terminó de responder o está en una suerte de pausa-pensamiento. Y como sabemos que esos momentos pueden alargarse, los reporteros empiezan a levantar sus dedos, suplicantes, desesperados. Todos tratando de llamar la atención del Supremo en un acto por demás indigno.

La chance perdida de las mañaneras

Pareciera que López Obrador disfruta esos instantes porque a veces los alarga adrede. En algunas ocasiones para recuperar el hilo de su discurso, en otras para dar una nueva mirada panorámica al salón. Ese día que estuve allí, de mi lado había cuatro o cinco dedos insistentes, pero cuando el presidente nos vio -por una razón inexplicable- prefirió virar hacia estribor, donde nadie mostraba interés en hablar.

En ese momento no pude sino preguntarme, ¿se puede exigir a los reporteros que se preparen para hacer preguntas más inteligentes, mejor pensadas, incluso que investiguen aunque sea un poco para poder ser más incisivos, si al final la posibilidad de preguntar es tan limitada y discrecional? ¿Si el día que el presidente lo decide tan solo otorga la palabra a cuatro reporteros a lo largo de más de dos horas, como me tocó constatar?

Esto convencido de que las mañaneras son un ejercicio valioso. Sin embargo, para que resulten un auténtico ejercicio de rendición de cuentas -no solo un show y un mitin político-- deben parecerse más a una verdadera conferencia de prensa. El presidente invierte en ellas muchas horas de su tiempo, del tiempo de los funcionarios que a ellas acuden, e incluso de nuestro propio tiempo como espectadores y ciudadanos. Un tiempo tan preciado no puede malgastarse. Sugiero aquí algunas propuestas para mejorar este ejercicio.

Criterios de ingreso

El haber permitido que cualquier medio interesado en acudir a la mañanera obtenga una acreditación -a primera vista un signo de apertura e inclusión- es un error de origen que ha terminado por devaluar este ejercicio. Hoy prácticamente cualquier ciudadano que se diga periodista puede crear un portal en internet, tener apenas unos cuantos seguidores y presentarse todos los días a las tres de la mañana en Palacio Nacional.

Por esta vía, personajes menores -que de otra manera nunca hubieran figurado en los medios ni en el debate público-, han logrado de un día para otro hacerse de un presencia mediática. Quienes recurren a estas estrategias, me decía un amigo, se parecen un poco a esos caza cocteles que acuden a todo acto donde se puede beber gratis y comer canapés. La presencia de este tipo de "periodistas" no le han dado una buena reputación al ejercicio mañaneril. Por el contrario, le han restado credibilidad y respetabilidad.

¿Se puede exigir a los reporteros que se preparen para hacer preguntas más inteligentes, que investiguen aunque sea un poco para poder ser más incisivos, si al final la posibilidad de preguntar es tan limitada y discrecional?

Como se han dado las cosas, la falta de criterios medianamente razonables para acreditarse permiten que incluso un activista social que busca promover cierta agenda, o hasta el broker de algún interés particular en alguna empresa o sindicato, se pueda hacer de una credencial para ir a plantear sus temas ante un foro privilegiado.

Otra cosa sería si Presidencia garantizara que los espacios de las mañaneras fuesen ocupados por medios con cierta reputación o relevancia. Nada costaría elevar la calidad de los periodistas que acuden a este espacio a través de un registro más selectivo de sus participantes.

¿De qué manera hacer esto? Por ejemplo: Los 15 medios electrónicos más grandes y conocidos podrían tener una acreditación automática, en virtud de su impacto. Algo similar ocurriría con las agencias y medios internacionales. Ya en el caso de los impresos de distintas entidades federativas, así como de youtubers, blogueros e influencers, un número mínimo de publicaciones y/o seguidores debería establecerse para garantizar que representen algo real en el mundo de las comunicaciones.

La duración y el formato

En otras ocasiones he insistido en que las mañaneras no son un "Aló presidente", como el de Hugo Chávez. Son, como las llama López Obrador "un diálogo circular". Se trata de un diálogo imperfecto, pero diálogo al fin y al cabo. Con todo, debemos exigir que las mañaneras -en última instancia un ejercicio pagado con recursos públicos- sean de mayor utilidad pública. En la Casa Blanca, por ejemplo, las conferencias de prensa duran entre 20 y 60 minutos. Quizás una hora debiera ser el máximo permisible en un ejercicio que se repite todos los días. Más interesante aún sería un formato dinámico de media hora que lo hiciera digerible para todo tipo de público.

En el mes de abril -en plena fase de emergencia por el Coronavirus-- el promedio de duración de las mañaneras fue de dos horas con cuatro minutos cada una; la más extensa se prolongó por dos horas y 46 minutos.

Hay que estar en Palacio Nacional una madrugada para percibir lo que expresa el lenguaje corporal de los asistentes, incluso quienes están arriba en el estrado acompañando al principal orador. En televisión uno no siempre alcanza a registrar la impaciencia de algunos de los propios miembros del gabinete.

El ritual político de todas las mañanas

Varios aprovechan para atender asuntos a través de sus teléfonos. Cuando estuve ahí hace unos días, Marcelo Ebrard whatsapeaba con insistencia y suspiraba grandes bocanadas de aire. Cuando la conferencia estaba por terminar, fue el primero en dirigirse a la salida y en un santiamén había desaparecido antes que todos.

Más allá de la anécdota, se antoja como desperdicio de un tiempo valioso el que en plena fase tres de una pandemia el presidente de la República secuestre por dos horas y media al secretario y subsecretario de salud, al canciller y a otros altos funcionarios, todos los cuales tienen cosas importantes que hacer. ¿Realmente es necesario que escuchen las anécdotas, los eslóganes y las reflexiones de López Obrador?

Difícilmente el presidente cambiará su manera de ser. AMLO es admirable y odioso a la vez por sus muchos defectos y sus múltiples virtudes. Lo que sí es posible es que las mañaneras tengan ciertas reglas y parámetros que solo puede fijar y hacer cumplir la oficina de Comunicación Social de Presidencia.

Sería ideal, por ejemplo, que exista un moderador de la palabra capaz de ser el policía malo. Una figura que asegure, por ejemplo, que cada periodista que habla lo haga por un máximo de un minuto, utilice el espacio únicamente para formular preguntas, no para elaborar discursos ni expresar opiniones que a nadie interesan.

Hay que estar en Palacio una madrugada para percibir lo que expresa el lenguaje corporal de los asistentes, incluso quienes están arriba en el estrado acompañando al principal orador. En TV no siempre se alcanza a registrar la impaciencia de algunos miembros del gabinete.

Es una buena práctica que el periodista que pregunta mantenga el micrófono en la mano mientras el presidente responde. Que pueda insistir cuando el cuestionamiento que ha formulado no es debidamente contestado. Sin embargo, de ninguna manera es deseable que un solo reportero haga cinco preguntas seguidas sobre distintos temas, todo ello precedido por un editorial de quinta. Un país serio no debe permitirse algo así...

Equilibrar las participaciones de los reporteros

Hay reporteros que en promedio preguntan cada dos o tres días, cuando hay otros que, a pesar de acudir diariamente, casi nunca corren con tal suerte. El mes pasado, cuatro periodistas concentraron la mayor cantidad de las preguntas. Quien más llegó a formularlas fue la reportera del UnomásUno, Berenice Téllez: habló en 40% de las ocasiones. En segundo lugar figuraron Carlos Pozos, mejor conocido como Lord Molécula, y Juan Hernández, de Grupo Cantón, quienes preguntaron un 30% de veces. En el tercer lugar estuvieron Hans Salazar, de ZMG Noticias, y Esteban Durán, de Grupo México Publica quienes preguntaron por igual en el 22% de las mañaneras.

Es necesario que más reporteros tengan la oportunidad de preguntar y eliminar cualquier suspicacia sobre las razones por las cuales el presidente prefiere dar la palabra a unos sobre otros. Lo ideal sería que esta se asigne de forma aleatoria. Una buena idea sería que, al comienzo de cada conferencia, los periodistas que estén interesados en hablar coloquen su nombre en una urna de plástico y se elija uno al azar. Como regla general, no se debería permitir que un mismo periodista haga uso de la palabra durante la misma semana, aún cuando resulte seleccionado en más de una ocasión.

Fomentar la profesionalización

Cubrir las conferencias de prensa del presidente de la Republica debe ser visto como una distinción, como ocurre en la Casa Blanca. Los periodistas más consagrados deberían estar peléandose por acudir a ese espacio. La realidad es que no ha sido así, en gran parte porque muchos de estos han desdeñado las mañaneras, en lugar de aprovecharlas y así intentar subir el nivel de lo que allí acontece.

Con todo, Presidencia podría proponerse tomar medidas que fomenten la participación de periodistas más experimentados y preparados. Si en lugar de tener que llegar a las tres de la mañana pudiesen hacerlo a las 7, entrar civilizadamente, anotar su nombre y preguntar en caso de ser aleatoriamente seleccionados, ya podría haber algunos perfiles de mayor nivel interesados.

Sería deseable, también, que antes que registrar al reportero, las acreditaciones sean para el medio. Así, por ejemplo, los grandes diarios nacionales podrían eventualmente rotar a los asistentes. Así, por ejemplo, podrían eventualmente mandar a algunos de sus columnistas o a un periodista de investigación. Si además de ello, se anticiparan desde el día anterior los temas a tratar y sus expositores, los que cubren cada tipo de fuente podrían acudir con preguntas más pertinentes.

Nunca antes un presidente de la República de ningún país del mundo compareció ante los medios de comunicación todos los días. Por eso es que las mañaneras son un ejercicio sin precedentes a nivel mundial y un esfuerzo valioso hacia una mayor deliberación. La idea de López Obrador de "hacer la vida pública cada vez más pública", a través de sus regulares conferencias de prensa, es una contribución insoslayable, e incluso podría constituir una suerte de legado.

Sin embargo, el presidente y su equipo deben entender que el formato actual se ha agotado, que la innovación de haber creado las mañaneras ya dio de sí. Al final, la disyuntiva está entre mantener este ejercicio como una mera herramienta de propaganda y contrapeso frente a los grandes medios tradicionales --aunque pase a la historia como un meme de Lord Molécula o algún personaje análogo--, o convertirse en un mecanismo verdaderamente útil de rendición de cuentas y acceso a la información.

*Agradezco a Ulises Castellanos y José Manzano sus contribuciones a este texto. 

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