PRI
El poder, antes que los candidatos
Por Ignacio Fidanza
Dividir o unir a la oposición, el dilema de Peña Nieto para evitar el arribo de López Obrador a Los Pinos.

"Si la política utiliza gestos, este fue de los fuertes", afirmó a LPO un experimentado operador del PRI, mientras exhibía la foto que tuiteó este jueves Luis Videgaray, flaqueado por Aurelio Nuño y Antonio Meade.

El número dos del gobierno, el estratega del sexenio de Peña Nieto y garante del rumbo económico, plasmó en esa imagen no sólo su jefatura política sobre los dos candidatos presidenciales paladar negro de Los Pinos, sino algo mucho más trascendente: El valor a resguardar es el modelo tecnocrático de conducción del país.

Quedará para los historiadores determinar si comenzó o predominó con De la Madrid, Salinas o Zedillo, pero es claro que desde entonces se tejió una línea de continuidades de nombres y políticas que para bien o mal, han construido el México actual.

Son esas continuidades las que acaso explican por qué Meade aparece hoy como el elegido, en esta suerte de semi destape que implicó el traje a medida que se le construyó en la Asamblea del PRI, para habilitar eventualmente su candidatura. No parece casual que el beneficiario de semejante esfuerzo político sea secretario de Hacienda y un cabal representante de los intereses y el proyecto que expresa su amigo Videgaray.

Para que se entienda: si López Obrador es un desafío al sistema, la candidatura de Meade es una reafirmación del mismo. Pero claro, además de anudar factores de poder, para ser presidente hacen falta votos.

Si López Obrador es un desafío al sistema, Meade es una reafirmación del mismo. Pero claro, además de anudar factores de poder, para ser presidente hacen falta votos. Y en ese terreno aparecen los gobernadores.

Los gobernadores

Sin embargo, pese a la foto de Videgaray y los trascendidos, el presidente Peña Nieto no terminó de destapar a su candidato y mantiene las opciones abiertas, porque todavía no se cerró el proceso de consenso interno en sentido amplio: Esto es gobernadores y grupos de poder del PRI.

Se pueden opinar muchas cosas de Peña Nieto, pero a lo largo de su carrera ha demostrado que es un político profesional y pragmático, que sabe tomarse el tiempo para ir midiendo hasta dónde es posible imponer sus planes.

Si efectivamente Videgaray escenificó la predilección de Los Pinos con su foto, la entronización de cualquiera de los dos elegidos debe pasar varios filtros pendientes. El primero y más importantes son los gobernadores, que mantienen con Meade un trato distante, porque han sufrido su restricción presupuestaria.

"Cuando presente el último Presupuesto de este sexenio veremos hasta donde juegan por él, si no les suelta fondos a los gobernadores, no me imagino cómo le van a hacer", afirmó a LPO una fuente al tanto de las conversaciones al interior del PRI.

En sentido contrario, Nuño sí se ha esforzado por tejer una red de relaciones con los gobernadores y no sólo con ellos, con importantes dirigentes del tricolor como Manlio Fabio Beltrones. Es el candidato del ala más política.

Las dos estrategias

En una elección en la que el PRI arranca de atrás y no le sobra nada, cada pieza cuenta. Por eso, si Meade o Nuño resultan elegidos, el gobierno deberá extremar su delicadeza para contener a Ivonne Ortega -hoy muy dolida- y Miguel Ángel Osorio Chong. Ambos pueden aportar o alejar dos estados imposibles de prescindir: Hidalgo y Yucatán.

El senador Gamboa amplió la disputa a cuatro finalistas, entre los que incluyó a José Narro y Osorio Chong, lo que acaso viene a reflejar las tensiones internas del proceso entre el sector más tecnócrata -que es el que viene prevaleciendo- y el político.

Es hoy un lugar común subestimar las chances del PRI de retener el poder, pero la elección del Estado de México demostró que aún en retroceso el partido del Presidente conserva uñas para dar la pelea.

En un tiempo que será cada vez más político, hoy se puede observar como desde Los Pinos se dejan correr dos estrategias posibles, mientras se va auscultando sus chances de éxito.

La primera asume un escenario malo para el gobierno y favorece así la conformación de una gran alianza opositora liderada por el PAN, que articulada con un candidato débil del PRI, garantice la llegada de esa fuerza a Los Pinos y bloquee el triunfo de López Obrador. Sería el espejo de lo que ocurrió en 2012.

La segunda y acaso preferida por razones obvias es atomizar la oposición al máximo -al estilo Estado de México- y convertir la presidencial en un gran plebiscito sobre el rumbo del país que confronte al modelo actual con el "populismo" de López Obrador.

Se lograría en esta segunda estrategía polarizar la elección y en esa marea empujar hacia arriba a candidato del PRI, como la opción más efectiva para detener a AMLO. La lluvia ácida que cayó sobre Anaya acaso indica que está prevaleciendo este último rumbo. Pero falta.

Parece contradictorio, pero esto nunca fue un problema para la política, que busca el poder, no la coherencia.  

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