Política
López Obrador, ¿un dictador?
Por Raymundo Riva Palacio
Analistas e intelectuales debaten sobre el rumbo de la 4T frente las instituciones. ¿Se puede comparar a AMLO con Chávez?

En la última semana tomó vuelo un debate en México que parece ocioso, inocuo y falso: ¿Es el presidente Andrés Manuel López Obrador un dictador? Analistas y políticos así lo han caracterizado a partir de una serie de acciones y declaraciones suyas que han ido alimentando el debate. "Como dictador", escribió uno de sus críticos más ácidos, Sergio Negrete Cárdenas, en el periódico El Financiero, "López Obrador tiene en la demagogia una forma constante de disfrazar sus intentos por hacerse de más poder". 

Luis F. Hernández, un activista social, escribió en el portal Animal Político: "Acumular el poder por el poder es tan grave como la acumulación obscena de riqueza: ambas reflejan y profundizan la desigualdad y la corrupción de nuestro país".

Desde 2018, durante la campaña presidencial, los calificativos de "dictador" a López Obrador han proliferado, pero en las dos últimas semanas, luego de forzar en el Congreso, donde tiene mayorías a sus servicio, una prórroga por dos años al mandato del presidente de la Suprema Corte de Justicia, que es muy cercano a él, la discusión se potenció porque la legislatura violó la Constitución al imponerle un artículo transitorio a la Carta Magna.

Jesús Silva-Herzog Márquez, una de las plumas más ilustradas en la prensa mexicana, escribió en el diario Reforma: "La lógica de la dictadura es doctrina oficial. Trato de ser cuidadoso con las palabras. No digo que se haya instaurado una dictadura en México. Lo que digo es que se han legitimado, desde el poder, su razón, su práctica y sus valores. El atentado constitucional para favorecer un aliado del presidente ha expuesto con una nitidez aterradora los argumentos de la dictadura: la Constitución ha de violarse porque hay causas superiores a ella".

Para López Obrador, esas causas son claras: el andamiaje legal vigente en México le estorba a su proyecto de cambio, por lo que debe ser modificado. Quiere instalar un nuevo régimen y tiene prisa para que sea consumado. Las leyes obstaculizan su marcha.

Le molesta al presidente que los grupos ecologistas hayan interpuesto amparos por la destrucción del ecosistema en las selvas del sur mexicano, por donde sin tomar en cuenta el medio ambiente, el ejércitos de obreros y sus máquinas abren de tajo los bosques para construir el Tren Maya, un sueño de López Obrador sin posibilidades reales de éxito turístico, como pretende. 

Otro de sus proyectos prioritarios, un nuevo aeropuerto internacional, tiene una amplia superficie de obra detenida porque las autoridades despojaron a los propietarios de sus tierras, sin indemnizarlos. Como quiere renacionalizar la industria energética, forzó la salida de reguladores autónomos del gobierno y cambió las leyes. Como necesita dinero, obligó bajo amenazas de acciones penales, a que los grandes corporativos pagaran impuestos que ya habían saldado.

La prensa le produce urticaria porque diariamente le pone un espejo a sus acciones y declaraciones, por lo que siempre la acusa, hostiga y difama. Los órganos electorales son una molestia porque aplican la ley y no su voluntad, y los quiere desaparecer. Los contrapesos al poder que se fueron construyendo como parte de la segunda generación de reformas democráticas, pero los ha ido colonizando, con nuevos nombramientos que los ha vuelto estériles, como sucedió con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, o está en camino de desaparecerlos, como el Instituto de la Transparencia, contra el que renovó su furia hace unos días porque presentó un recurso de institucionalidad a un padrón de usuarios de telefonía móvil que obliga a todos a entregar sus datos biométricos sin que existan mecanismo de seguridad para la protección de los datos personales.

El disponer de mayorías incondicionales en el Congreso le ayuda a López Obrador a convertir en ley cualquier iniciativa que acomode a lo que él concibe como su proyecto de gobierno, sin importar que incurra en arbitrariedades durante el proceso. Las nuevas leyes son frenadas por los jueces por su andamiaje inconstitucional, lo que provoca mayor rispidez y expansión de la confrontación que se vive México, que vive como nunca en tiempos de paz, una polarización creciente.

Sí hay un intento firme de regresión democrática en México, encabezada por un presidente carismático y que representa el nuevo arquetipo del caudillo latinoamericano, que encarna como pocos o nadie incluso en América Latina. Esta regresión ha estado acompañada por saltos teóricos en la definición del estado que se encuentra la vida nacional mexicana.

Sergio García Ramírez, un jurista ampliamente respetado que presidió la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, escribió en el periódico El Universal en enero, que estaba en marcha la construcción de una dictadura en México. "La dictadura avanza, señores, a paso de ganso, como en la antigua Prusia o la vieja Italia", apuntó. "Va de nuevo, señores, la intención de abatir los órganos constitucionales autónomos que oponen cierto freno a la concentración del poder. Esta tendencia se hallaba a la vista. Hoy intenta una nueva carta en el juego contra la democracia".

Los argumentos son sólidos y pueden verificarse todos los días, pero la conclusión parece, por lo menos en estos momentos, exagerada. No obstante, quienes conocen la experiencia en Venezuela con Hugo Chávez, sostienen que México está en esa ruta, donde López Obrador, como el finado militar, utiliza los recursos de la democracia para acabar con la democracia. El presidente mexicano, que se ufana de ser demócrata, no ve en la concentración del poder un acto de autoritarismo, sino de transferencia de las decisiones que antes tomaba "una minoría rapaz" al pueblo, donde él, como representante de ese pueblo, decide qué es bueno o malo.

El debate mexicano versa más sobre lo retórico que sobre la realidad, aunque la ligereza con la que se habla en la sociedad política no es patrimonio de los críticos. El propio López Obrador ha llegado a decir que aquellos gobernantes que imponen confinamientos o toques de queda para evitar la diseminación del virus de la covid-19, actuaban como dictadores, que buscan limitar el movimiento de las personas con una mano dura que tienen a flor de piel. Para él, esa acción atenta contra la libertad. Si unos tienen contradicciones conceptuales, el presidente mexicano nunca ha tenido reparos en exhibir las suyas.

El debate continuará indefinidamente y profundizará el encono en la sociedad mexicana. Parece irreversible y determinante en el rumbo mexicano que se sigue. López Obrador continuará con su proceso de regresión democrática, y habrá fuerzas políticas legítimas, en los tribunales, la prensa y la sociedad, que busquen el contrapeso para frenar aquellos actos que rompan con la legalidad. Pero el talante autoritario de López Obrador, no lo hace automáticamente un gobernante autoritario. Está en el proceso de desinstitucionalización y de concentración de poder, es cierto, pero aún se encuentra lejos, en la geometría política, de ser un dictador.

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