Opinión
Mucha democracia, poca diversión
Por Jesús Pérez Gaona
Irresponsabilidad democrática, o cuidar al pueblo del pueblo mismo. El Covid-19 y la máquina del fin del mundo que construimos para nosotros mismos.

En medio de esta terrible desesperanza, se nos ofrece la oportunidad

de repensar la máquina del fin del mundo que construimos para 

nosotros mismos. Nada podría ser peor que volver a la normalidad.

Arundhati Roy, «La pandemia es un portal»


Me tomó tiempo escribir esto. Concluí tan a deshora que en mi país ya se anuncia la llegada de una nueva ola de Covid-19 como si se tratara de otra caravana migrante de Honduras, con indiferencia y muy poca preocupación. Me tomó tiempo, aunque mínimo fue el esfuerzo para reconocer mi total desconfianza por quienes hoy desconfían de la democracia, cuando vivieron años elogiándola. Tan tarde como la intelectualidad llegó retrasadísima a la zozobra en el mundo (a la crisis de la presencia).

Desde la recesión de 2008, en cada país, en cada región del globo, el balbuceador de opiniones promedio se durmió en sus laureles defendiendo el orden imperante de cosas a pesar del sufrimiento general, exigiendo resignación, comprensión y sacrificios que, por supuesto, los opinólogos jamás aceptarían en su propia vida, ni para su propia familia. Los demócratas a los que les apena quedar mal con las calificadoras y el Fondo Monetario Internacional, a costa de la reducción del presupuesto a salud, educación o programas sociales.

Y tenía que ser ahora, luego de que la austeridad, los recortes y la renegociación de la deuda en verdad enfurecieron a los votantes, y los empoderaron, cuando ellos sólo atinan a balbucear afligidos deseos para «remendar la fractura», como suplicó un intelectual de derechas a Joe Biden. «Unidad», fue la palabra que usó Fernando Savater. «Hará bien en desterrar los malos modos de Trump, su grosería pueril, su vanidad de influencer de la nada, valga la redundancia», continuó el español. Aunque atinó a explicar que «unir no es arrollar ni tomarse la revancha (como precisamente hacía Trump)». Porque con la mano en la cintura el demócrata podría arrollar y tomar revancha, al menos eso opinarán hoy en Siria luego de la primera operación militar de Joe (un racimo de bombas sobre milicias proiranís), acción que celebró Netanyahu.

Sin embargo, pese a las buenas vibras de los nostálgicos liberales, el malestar influye cada vez más en las decisiones trascendentales de las naciones y las fracturas no son remendadas con la celeridad con que cada nuevo gobierno despierta esperanzas. Al contrario, como los ataques a establecimientos comerciales de los antifascistas en Portland, cuando la administración local cambia los vidrios rotos, vienen a romperlos de nuevo. Pienso en el pueril trabajo de restauración del viejo orden con Biden y Obama en la Casa Blanca. Por ejemplo, ante el «defund the police», una demanda popular que está a punto de convertirse en un movimiento contra el racismo, debido al cual en el Gobierno de Estados Unidos se han manifestado voces que exigen establecer límites a la democracia para proteger al pueblo del pueblo mismo. Incluso por motivos económicos. «Too much democracy is detrimental to development» fue el apotegma bajo el que las dictaduras militares en América Latina justificaron golpes de estado o el desconocimiento de la voluntad popular, como le ocurrió a Chile en 1973. A casi 50 años del asesinato de Salvador Allende, el Gobierno de Estados Unidos se entromete en el Gobierno de Estados Unidos para salvar los intereses del Gobierno de Estados Unidos de las malas decisiones del Gobierno de Estados Unidos.

En México, el consejero presidente del Instituto Nacional Electoral habló de «irresponsabilidad democrática» cuando presentó su deslumbrante análisis de la manifestación del 6 de enero frente al monumento a Washington. El pueblo puede ser imprudente, por eso podemos prescindir de él a veces, pero nunca de las instituciones que lo representan, quiso decir Lorenzo Córdova, y al decir eso no pensaba en los norteamericanos, sino en las votaciones del próximo 2 de junio.

Por ello, las grietas en un mundo cuya gran regla es «sálvense quien pueda» se ensanchan. Mientras que las fugas se manifiestan en filtraciones de planes ultrasecretos que no suscitan la indignación más allá de quien busca motivos para indignarse y alimentar sus teorías de conspiración. También en el asalto a instituciones incólumes que superan en mucho a la Corte Suprema de Ruth Bader Ginsburg en los sketches de Saturday Night Live. Hablo de los jeques y las cloacas de la Casa Real de España del «rey que salvó la democracia» en 1977, y del chamán de QAnon que intentó «devolver la divinidad y traer a dios» al Capitolio de Estados Unidos cuando irrumpió en el lugar con un gorro de bisonte. Hablo de la destrucción de la catedral de Notre Dame como performance del incendio de la razón ilustrada por el consumo de somníferos anticomunistas populares en Florida, Madrid o Brasil.

Mi mirada aquí puede parecer pesimista, pero ¿ante el cansancio del asombro -temblores en 2017, resultados históricos en las elecciones de 2018, Australia en llamas 2019, pandemia en 2020, feminicidios y guerra contra el narco en cualquier año- no hay buenos motivos para vacilar, desconfiar del mundo, agonizar un poquito? «Estamos agotados de comprender por qué todo va mal», respondieron los pensadores franceses Julien Coupat y Mathieu Burnel cuando en 2017 les plantearon la trampa revestida de encrucijada de un voto útil ante el riesgo de que Marine Le Pen llegara al poder. La democracia como el policía del pensamiento cívico, y como el bravucón que te acosa por no hacer las cosas a su manera. Si el feminismo aún no es del agrado de los demócratas, ni de los aparatos del estado, no es por otra cosa sino porque sigue repartiendo culpas a los artífices del orden moderno: abogados, ingenieros, administradores, publicistas, lingüistas. Frente a este ejército de nerds y geeks, sólo dan ganas de cantar «Mucha policía, poca diversión». Y el patriarcado no cae aun cuando las instituciones democráticas funcionan bien, y con el paso del tiempo parece que funcionan bien porque son patriarcales, tan patriarcales como la democracia misma.

La horca para el ex vicepresidente Mike Pence frente al Capitolio.

«Ninguna revolución puede ser más chiflada -continúan los franceses- como el tiempo en el que vivimos; el tiempo de Trump y de Bashar, el de Uber y del Estado Islámico, de la caza de Pokémon y de la extinción de las abejas. Hacerse ingobernable no es ya una extravagancia de anarquistas, se ha vuelto una necesidad vital, en la medida en que aquellos que nos gobiernan sostienen, con toda evidencia, el timón de una nave que se dirige al abismo». El timón de una nave que se dirige al abismo es lo que se decide en cada nueva elección presidencial, estatal, municipal.

Una nave que se dirige al abismo ante la que crece una necesidad vital que, desde el partido de los defensores de la democracia, tomó fuerza en consignas del miedo: «Let's take back control», el slogan del Brexit con el que resonó «Make America Great Again» del trumpismo, el cual a su vez hizo eco a «los franceses primero», lema de Le Pen y el Frente Nacional. Consignas del miedo que se afianzaron durante lo más democrático que ha ocurrido en el mundo en mucho tiempo, acaso desde el neoliberalismo: la pandemia. Al fin y al cabo, la emergencia sanitaria no es sino la tétrica constatación de que el neoliberalismo triunfó en los servicios de sanidad al promover su privatización y devastar a los hospitales públicos de todo el mundo. El neoliberalismo como la democratización de la precariedad sanitaria; en otras palabras, como la emergencia sanitaria. El neoliberalismo como pandemia. El horror de un mundo sumido en la interconectividad, en el almacenamiento en la nube y en actividades vía remota como el sueño realizado de la globalización, el caballo de batalla del neoliberalismo.

«Una reducción de la globalización implicaría, como principal costo, restringir el potencial de crecimiento económico mundial. [...] México debería prepararse ante este posible escenario adverso. Si bien el T-MEC puede apoyar en algún grado en la continuación de la integración regional, la menor interconexión global necesariamente limitaría las posibilidades de avance para todos», advirtió un ex subgobernador del Banco de México viendo el vaso medio vacío, pues estamos pasando por un proceso diametralmente opuesto, un refinamiento de la globalización y de la gobernanza montada sobre el 5G. «Hemos visto que la despiadada gubernamentalidad de China es designada como un enemigo porque en realidad sirve como modelo. Hemos visto hacia dónde tienden las democracias», condenó Coupat. ¿No eran los demócratas quienes advertían hasta hace poco -bajo la licencia de Levitsky y Ziblatt- que las democracias mueren, agonizan? Pues no, sobreviven -como lo festejó Joe Biden- y lo hacen interconectadas, transparentes, almacenadas en la nube, dando libre acceso al fascismo y otros virus. Se fortalecen y no son menos despiadas.

El impulso que dio el coronavirus al reacomodo del sistema -que hizo que López Obrador lanzara durante una mañanera aquella inconfesable astucia: «como anillo al dedo»- puede narrarse ya entre quienes lo atestiguamos como una nueva operación militar para restituir las facultades perdidas a los estados fallidos, y que el proceso de descomposición se sincronice con la estrategia para conseguir vacunas de Pfizer, CanSino o Sputnik V. La democracia no tiene problemas con ello, siempre y cuando el zar antiCovid en turno contemple un plan de gobernabilidad a través de la crisis permanente, o «la cultura de riesgo», como la llamó un filósofo argentino.

«Desde un punto de vista de las investigaciones de Foucault y de El nacimiento de la biopolítica, yo debería decir que más que el fracaso del neoliberalismo hay un triunfo del neoliberalismo. Foucault define el neoliberalismo como aquella cultura política que nos ha educado a vivir en riesgo, y esto es lo que sucede hoy a nivel planetario. Incluso Foucault llega a decir que el neoliberalismo nos hace vivir en riesgo en relación con nuestra propia vida y sintiendo que los otros son riesgosos para nosotros. El Covid-19 lo que pone de manifiesto es esta cultura del riesgo», aseguró Edgardo Castro durante una entrevista para RT.

Contra lo que los demócratas jurarían, la democracia dio lo mejor de sí gestionando lo público bajo la cultura del riesgo, el clima del miedo, la tormenta perfecta que cae al anochecer y regresa al amanecer. El Leviatán come las croquetas que deja el neoliberalismo en su bandeja. Y el padre fundador de Amerikkka, Benjamin Franklin, estableció las reglas de este juego: «La democracia son dos lobos y una oveja votando sobre qué se va a comer. La libertad es la oveja, armada, impugnando el resultado». Impugnando el resultado en un vórtice infinito llamado Twitter, sobre cada una de sus acciones, pensamientos y sentimientos, para que al final los tres elijan cualquier opción de fast food en DiDi.

Las generaciones anteriores a la nuestra crecieron bajo el signo de la gran crisis y el gobierno que lo solucionaría, evitando así la explosión de la bomba nuclear. Nosotros podemos probar que la gran crisis sólo es una forma para normalizar el gobierno del miedo, y que no habrá un apocalipsis más espeluznante que ir cada tanto a la fiesta de la democracia para elegir entre las siete gradas del purgatorio de Dante, con cubrebocas.

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