Metro
El privilegio de llegar a casa con vida
Por Miguel Martínez Ríos
Los problemas de movilidad en la CDMX no sólo requieren el mejoramiento de lo ya existente, sino un plan integral que aumente la inversión pública.

Lo ocurrido en la Línea 12 es muestra del deterioro en el que se encuentra la movilidad urbana de la Ciudad de México. Todos los viajes que se realizan en esta metrópolis son peligrosos y casi como cualquier cosa de la que podríamos hablar sobre esta enorme urbe, se comporta de manera diferenciada y me refiero a que es una cuestión de desventajas y privilegios, donde hay negligencia y conciencia de la situación.

Durante años los gobiernos capitalinos han invertido de manera insistente en un tipo de movilidad urbana que no corresponde a la realidad de la inmensa mayoría de sus habitantes y de la población flotante que viene de la zona metropolitana a trabajar y a estudiar. Los traslados que se hacen siguen siendo en su mayoría en transporte público y apenas se ven algunos avances importantes en la materia para los millones de seres humanos que viven en la ciudad. Por el contrario, se tienen incesantes obras de infraestructura dedicadas al automóvil -aunque para realizarlas deban afectar ecosistemas y cambiar radicalmente el paisaje como recientemente ha ocurrido en Xochimilco y buena parte del Anillo Periférico- para darle paso a los carros que son ineficientes e inalcanzables para una gran porción de la población.

El transporte público, por su parte, continúa con los problemas de hace muchísimos años: es inseguro, se viaja bajo condiciones indignantes por su saturación, falta de mantenimiento y frecuencia. No obstante eso, es escaso en muchas partes de la ciudad, en este sentido, las dinámicas de centro-periferia también trastocan a la movilidad urbana. Para las zonas centrales son abundantes las opciones y hasta se han mejorado con el Metrobús, Trolebús, Ecobici, el Metro, RTP y rutas de autobuses y microbuses, mientras en las zonas periféricas apenas existen opciones para transportarse y se multiplican los problemas ya mencionados.

Los problemas de movilidad en la Ciudad de México no sólo requieren el mejoramiento de lo ya existente, sino un plan integral que aumente la inversión pública en transporte público, sobretodo en las zonas periféricas y que también esté alejado del capital privado, ya que se ha comprobado que trasladar la responsabilidad de la movilidad urbana a empresas no hace más eficiente la labor, sino más precaria, porque el objetivo es la ganancia y no la dignidad en el servicio. Por otro lado, en términos de reglamentos y penas por infringirlos, se han dado pasos hacia atrás, pues parte de la política de Claudia Sheinbaum, ha sido relajar los mecanismos de prevención como las multas (hoy fotocívicas), que han dejado de procesarse y han costado cientos de vidas los últimos años. Basta salir a las calles para ver la imprudencia de automovilistas, motocicletas y autobuses que violan los reglamentos de manera descarada y con una policía de tránsito que brilla por su corrupción, extorsión e impunidad.

Las tragedias que hoy vemos día con día adquieren una connotación distinta, ya no son accidentes ni hechos fortuitos, son verdaderas negligencias y consecuencias de la frialdad y apatía de la clase política y gobiernos que van detrás de la popularidad y el enriquecimiento personal. Impulsan políticas que sirven a los bolsillos de empresas y grupos, aunque muchas personas tengan que morir. Lo escandaloso de ello, es que hay plena consciencia de la situación ¿Acaso una empresa o funcionarios están tapados de ojos cuando se decide construir un puente o una vía con materiales de baja calidad o al comprar un autobús de bajos estándares? No lo creo y se hace porque se puede y se quiere que se haga de esta manera, aceptando los costos en vidas humanas, porque el fin es el dinero y no el mejoramiento de la ciudad y calidad de vida de las personas.

Hace unos meses escribí la columna titulada "Última llamada para el metro", donde casi con palabras proféticas se advirtió que si no se mejoraba la operación y mantenimiento del sistema, se reportarían tragedias, no solo fallas. Esto ya no es exclusivo del metro, sino de casi cualquier forma de transporte público en la capital, pues se estira la liga y se llama a la resiliencia como forma romántica de aguantar las condiciones infrahumanas en las que tenemos que movernos los pobres. Por esa razón, las demandas que han sido constantes respecto a la movilidad en la Ciudad de México, en la actualidad son exigencias legítimas que deben ser atendidas con urgencia si aún le queda al gobierno una pizca de humanismo y visión congruente de la realidad.

Finalmente, recordemos que en el recuento de los daños, como siempre, los grandes perdedores son las personas más pobres, las mismas que están obligadas a pasar incontables horas en una combi, un autobús y en el metro, arriesgando sus ingresos, pocas pertenencias y sobretodo sus vidas. Sin embargo, también en la movilidad que necesitamos, usar el transporte público debe dejar de ser sinónimo de ser pobre, porque en la ciudad que requerimos, los gobiernos deben dejar de impulsar el uso del automóvil y de privilegiarlo, porque las grandes ciudades no deben sufrirse, sino vivirse con dignidad para todos, no sólo para una pequeña porción de la población.

  *En memoria de las víctimas de la negligente política de movilidad de la Ciudad de México, con la esperanza de no perder ni una vida más porque también en el transporte público, la dignidad debe hacerse costumbre.  

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