Opinión
White Walkers: nómadas y supremacistas
Por Jesús Pérez Gaona
El arte popular reconciliando el malestar de la época convirtiéndolo en un berrinche, despojando a la situación de cualquier cuestión revolucionaria.

«Uno tiene la convicción de que todas las cosas importantes que ocurren en Estados Unidos ya habían pasado antes en las películas», escribió un crítico de cine español que hizo un recuento de las similitudes entre las historias de Hollywood y el asalto al Capitolio en Washington el pasado 6 de enero, el día de la insurrección, según el epíteto que le dio el Congreso de Estados Unidos.

Como Rafael Tapounet, muchas personas mencionaron a la Ciudad Gótica de The dark knight rises (2012) hasta un capítulo de Black Mirror y otro de House of Cards. En un tweet, un usuario hacía mofa de la tragedia de este modo: «¿A poco ya se estrenó una nueva película de The Purge?». Para mí una de las imágenes más potentes de lo ocurrido en el recinto de la Avenida Pensilvania fueron las milicias trumpianas escalando un muro, como zombies en Guerra Mundial Z (2013).

La rapidez de un mundo hiperconectado con respaldo en la nube contrasta con la lentitud de los zombies, el monstruo cinematográfico que es la bisagra entre dos milenios, y a quienes un muro no puede detener. Los muertos vivientes, the walking dead, irrumpieron en la Rotonda del Capitolio con pistolas, cuchillos, bates de béisbol, garrotes, lanzas, palos de hockey; inclusive rociando aerosol para osos provocando la muerte de un agente de la policía. Justo la imagen que el Partido Republicano usa -y el Partido Demócrata de Joe Biden avala en los hechos- para infundir el pánico contra las caravanas migrantes que llegan a pie a la frontera con México.

Hay quien dice que 'Nomandland' es como el Lado B de 'Joker', así como los nómadas son la otra cara de lo que dio origen a los Proud Boys.

El miedo a los caminantes, a las espaldas mojadas, a la mano de obra esclava. «Esta es una invasión a nuestro país y nuestros militares los están esperando», escribió -cuando podía publicar en Twitter- Donald Trump, para después dar órdenes a un ejército que sería azuzado por Rupert Giuliani: «Let's have trial by combat», recordando el desafío de Tyrion Lannister. «Extremismo violento», «terrorismo doméstico», así respondió Joe Biden refiriéndose a los blanquitos que no votaron por él. El pánico de los que nunca han sufrido una invasión, mientras invaden a su propio país: redneck zombies, white supremacists, white walkers, las desalmadas creaturas de hielo a las que comanda el Rey de la Noche de Game of Thrones y a los que tampoco pudo contener un muro.

Tras conocer a los ganadores de los Óscar de este año es imposible no hacer referencia a los «wildlings». Los salvajes que se consideran hombres libres y quienes, bajo esa premisa, viven por elección en la inhóspita zona más allá del muro, las primeras víctimas de los no-muertos, los primeros en convertirse en zombies blancos y en formar parte del ejército de hielo. Juego de Tronos es una épica medieval, de lo contrario estos personajes tendrían hoy su residencia en una furgoneta, promoviendo esa idea hippie -muy útil a la depredación capitalista de la desposesión y el desarraigo- de habitar en «tiny houses» como en Nomandland (2020) de Chloé Zhao. Una road movie que romantiza la explotación laboral, con escenas dentro de las propias instalaciones de la compañía de Jeff Bezos, durante los días en que Amazon sabotea la conformación de un sindicato, el primero en la historia de la empresa del hombre más rico del mundo.

A la deriva de divorcios, en empleos subcontratados, sin casa propia, en soledad e impotencia, «el Bloom» como lo llama Tiqqun, estos caminantes blancos, rodantes del invierno, no son sino los desahuciados del sistema. Por ello, entre los más severos con Nomandland, hay quien asegura que la historia sería como el Lado B de Joker (2019), así como los nómadas son la otra cara de lo que dio origen a los Proud Boys: el arte popular reconciliando el malestar de la época convirtiéndolo en un berrinche, despojando a la situación de cualquier cuestión revolucionaria.

Un muro, de nuevo, otorga distinciones a ambos lados de la frontera: son viajeros como los beatniks, no son aliens como los migrantes sin papeles. Son, en esencia, los fracasados del primer mundo, y su dignidad está adherida a la figura de la bancarrota, una situación financiera transitoria. Son misfits salidos de una revista pulp y, como Jack Kerouac al final de su vida, les importa un comino simpatizar con el fascismo. No es extraño que varios de los nómadas que vemos en el filme interpretándose a sí mismos sean votantes de Trump y se organicen en torno a un gurú (Bob Wells). «Vanguard», apodo de Keith Raniere, líder de la secta de explotación sexual NXIVM, es el nombre de la camioneta de Fern, la protagonista interpretada por Frances McDormand.

Jessica Bruder, autora del libro en que está basada la película, definió así esta disposición de los white walkers americanos a respaldar a sus verdugos: «Creo que ya Steinbeck dijo en una ocasión que el socialismo nunca echó raíz en Estados Unidos porque los pobres no se ven a sí mismos como proletariado explotado, sino como millonarios temporalmente humillados». Vergüenzas aparte, no me queda duda de que muy pronto el «vidriagón» de Blacks Lives Matter detendrá su expansión y zanjará su camino errante. Esa también es una historia que quiero ver en la pantalla grande.

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